Son las 08.00 de cualquier día de la semana y en la esquina de una calle céntrica de cualquier ciudad de nuestro país, se ve a un grupo mayoritariamente conformado por varones sentados en banquitos tomando una sopa, a la que le seguirá un abundante segundo. Este cuadro se repite día a día, las cocineras son las mismas, los comensales cambian, muchos son conductores de transporte público u otros servicios. De una olla se desprende el clásico olor de sopa con huesos hervidos y de las otras se siente el ají picantoso, siempre acompañado de arroz o fideo.
Mientras se deleitan conversan entre compañeros ocasionales que al salir de su casa tomaron café con pan a modo de desayuno, que con esa sopa y segundo aguantarían hasta su próxima parada donde comerían un buen ají de fideo. Después de escuchar la conversación, uno percibe la cantidad de puestos de comida que aparecen y desaparecen como hongos a lo largo del día en todas las calles. El menú va desde un sándwich de palta hasta un caldo de cordero al que seguirá un asado o un majadito, dependiendo del lugar.
Muchos pensarán que de esa manera los bolivianos están súper bien alimentados. La mala noticia llega desde la Organización Mundial de la Salud que evidencia la malnutrición por exceso de alimentos saturados de grasa y carbohidratos, en más de la mitad de la población boliviana. Tarija, Santa Cruz, Pando y Cochabamba son los departamentos con mayor prevalencia de sobrepeso y obesidad. En contraparte, Potosí tiene el mayor índice de desnutrición a nivel nacional. En 2020 se detectó que en Bolivia 4 de cada 10 escolares, de entre 5 y 18 años, tienen sobrepeso y obesidad, lo que acaba en enfermedades cardiovasculares, diabetes y problemas psicosociales, entre otros. Quiere decir que no es la cantidad de comida que se ingiere, sino la calidad de los alimentos lo que deriva en una buena nutrición.
La ingesta de los bolivianos en general no es tan variada como debería o incluso como podría ser. En oriente y occidente está cargada de carbohidratos (arroz, fideo, papas…), muy poca verdura, abundante en grasas, repetitiva hasta el cansancio, y desordenada en el consumo. Si a todo esto añadimos que las personas no realizan suficiente ejercicio físico, se entiende por qué la población en Bolivia no es saludable. Es cierto que se tomaron algunas medidas, como determinar que no se venda comida chatarra en los quioscos de las escuelas y colegios, pero es una medida que no se cumple. Falta concientizar más profundamente a la población, es necesaria más información sobre el verdadero significado de una nutrición sana. Es difícil cambiar los hábitos alimenticios pero es una tarea urgente que no se puede eludir a pesar de la dificultad. El error está en creer que es misión imposible y con ese argumento dejar que la población esté plagada de enfermedades, desde los más pequeños hasta los adultos.
Lucía Sauma es periodista.







