En un templo vi una pancarta que decía Defiende la familia natural, debajo se veía el dibujo de una pareja heterosexual con dos niños. El mensaje era claro: lo natural es que un hombre y una mujer se casen y tengan hijos. El hecho de que deba defenderse algo natural implica la existencia de una amenaza antinatural: la ideología de género. Agustín Laje, en su conferencia La ideología más perversa explica que es necesaria esta defensa porque la teoría queer, al afirmar la separación entre sexo y género, sería algo radicalmente anticientífico. Lo que no explica es que la teoría queer no niega la realidad biológica de los sexos, lo que niega es que el rol de género aceptado socialmente venga asignado también por la genitalidad natural. Es decir, el hecho de que una persona nazca con pene no implica que deba tener el cabello corto, gustar del fútbol, etc.; por lo mismo, por que una persona nazca con vulva no implica que deba tener cabello largo, usar aretes y maquillaje, etc. Los modos de vestir y de habitar el mundo según el género son construcciones sociales que hemos naturalizado a lo largo de la historia.
Cuando Simone de Beauvoir afirmó que “No se nace mujer: se llega a serlo” buscaba generar reflexión en torno a que el concepto de mujer no es algo natural, sino una cosa que se aprende a lo largo de la vida. Laje no explica por qué está en desacuerdo con esa frase, solo afirma que es anticientífica; yo digo ¿no es más anticientífico pensar que aquellas cosas que son aceptadas para una mujer vienen designadas por la biología? Una cosa es decir que una mujer menstrúa por naturaleza, otra muy distinta pensar que porque menstrúa debe llevar el cabello largo y dedicarse a la cocina.
Hace poco se aprobó en Guatemala la Ley para la Protección de la Vida y la Familia. El artículo 15 señala que los padres tienen derecho a escoger el tipo de educación para sus hijos, de acuerdo con sus convicciones morales y religiosas, en los siguientes ámbitos: 1) desarrollo de aptitudes intelectuales, físicas, morales y religiosas; 2) orientación sexual, y 3) conductas, principios y valores. Todos estamos de acuerdo en que depende de los padres enseñar a sus hijos capacidades intelectuales, valores y una religión. Lo que llama la atención es la afirmación de que deben enseñar la orientación sexual a sus hijos, cuando justamente la teoría queer ha causado escándalo por afirmar lo mismo: que ciertas cosas relativas a la sexualidad humana se enseñan o imponen por costumbre. Si algo debe enseñarse significa, por tanto, que ese algo no viene dado por la naturaleza. Una pretensión de que se enseñe obligatoriamente la heterosexualidad está destinada al fracaso: la experiencia nos muestra cómo muchas personas homosexuales hemos crecido en familias tradicionalmente católicas y sin tener un ápice de modelos cercanos de diversidad sexual de los cuales aprender la homosexualidad.
La ley también prohíbe “a las entidades educativas públicas y privadas (…) enseñar como normales las conductas sexuales distintas a la heterosexualidad”. Para esta ley, entonces, la homosexualidad y la bisexualidad (entre otras) son anormales. Esta ley parece atender a una preocupación fuerte de Laje: él habla de una guerra cultural que trata de convertir a todos en individuos de la comunidad LGBTIQ+, en una perversa politización de la sexualidad. Que yo sepa en el mundo no hay una sola ley que imponga que los padres deben enseñar a sus hijos a ser homosexuales, pero hoy sí existe una que impone que los padres deben enseñar la heterosexualidad.
Quienes se oponen a lo que llaman ideología de género han comenzado como Laje, con el argumento de la naturalidad. Hoy han pasado de hablar de naturalidad a hablar de normalidad. Ya no defienden que la heterosexualidad sea natural (porque lo es, pero también lo son las otras orientaciones sexuales), sino que es normal. Según la RAE, lo normal es aquello que “por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”. Le han dado la razón a Judith Butler: la heterosexualidad es una norma construida socialmente. Aceptar eso no significa que uno deba dejar de ser heterosexual o dejar su género construido, para nada, sino entender que existen distintas formas de construir la identidad con base en entendimientos del género y la orientación sexual. Judith Butler hablaba del régimen heterosexista como una silenciosa imposición naturalizada, pero ahora al parecer está pasando a ser una imposición legal.
Juan P. Vargas es literato.







