A más de 11.000 km de la guerra en Europa, sus efectos también se hacen sentir en la economía boliviana. Algunas notas de prensa nacional y columnas de opinión se han concentrado en destacar los efectos negativos en el país con ciertas imprecisiones y soslayando los efectos positivos, por lo que es necesario hacer un balance más equilibrado.
El repunte del precio del petróleo se ha traducido como equivalente de más importaciones, lo que conduciría a un inevitable déficit energético. La subida del precio del trigo elevaría el costo del pan. Las limitaciones a las exportaciones impedirían el ingreso de divisas que bien podrían financiar el creciente costo de importar alimentos y energía. La política de subsidios y restricción a exportaciones son vistas como inconsistentes e insostenibles.
Estos argumentos que aparentan ser ciertos, son falaces. Los que conocen del sector petrolero saben que los contratos de exportación de gas están hechos de forma que reduzcan los cambios abruptos del precio del petróleo gracias a que opera en su cálculo un promedio móvil que se va actualizando. De tal manera, en el cortísimo plazo (tres a seis meses) la subida del crudo aumenta el costo de las importaciones —que debe comprarse a precios actuales—, mientras que en las exportaciones su efecto se siente meses más tarde.
Este desfase podría llevar incluso a que el valor de las importaciones supere temporalmente al de las exportaciones, lo que insinuaría que el alza del petróleo es perjudicial para la economía boliviana, cuando no lo es. En un horizonte mayor a un año los efectos en el comercio exterior se revierten. El valor de las importaciones comenzará a bajar en línea con la normalización del precio del petróleo, pero el de las exportaciones continuarán creciendo. La suma de ambos flujos en términos interanuales produce un efecto neto positivo en el balance energético, dejando de lado el falso debate que se ha abierto al respecto.
Por otro lado, la combinación de subsidios internos y restricciones a las exportaciones han resultado bastante efectivas para contener presiones inflacionarias de origen externo que no podrían ser encaradas desde el lado monetario. Si se compara el índice de precio de alimentos que publica la FAO y la tasa de inflación boliviana, ambas tienen una gran correlación durante los episodios de inflación de alimentos 2007-2008 y 2010-2011. Pero posterior a 2015 —una vez que estas medidas se han consolidado— se observa una ruptura entre ambas tendencias. En el contexto reciente, muchos países están evaluando adoptarlas.
La política de subsidios indudablemente conlleva sacrificios fiscales, pero por asombrosa que parezca son menos costosos de lo que aparentan. De no haber subsidios a productos sensibles de la canasta familiar, la inflación tendría que subir, lo que implicaría un mayor gasto fiscal porque este indicador es la base para la negociación salarial y tiene un efecto multiplicador en el presupuesto.
Se ha afirmado que las restricciones a las exportaciones limitan la entrada de divisas. Este argumento no es cierto porque una gran parte de los ingresos de exportación agrícola se queda en cuentas en el exterior y no suman a las RIN. Tampoco es cierto que los exportadores pierden con la medida, sino que dejan de ganar más. Que no es lo mismo. Levantarlas generaría un efecto redistributivo negativo, al beneficiar a unos pocos exportadores en desmedro de la mayoría de los consumidores.
La subida de tasas de la FED también fue motivo de pesimismo porque eleva el costo del dinero siendo éste un freno para el crecimiento, empero, hay un conocido refrán que dice “guerra anunciada no mata soldado”. El incremento de tasas ya fue anunciado meses atrás e incluso se esperaba un incremento más alto, en tal sentido los mercados ya internalizaron su efecto. La guerra en Europa, contrariamente a lo que se comenta, moderó el alza de tasas retrasando sus efectos perniciosos.
Un hecho no comentado pero relevante es que al ser la inflación externa —mayor a la doméstica manteniendo la paridad cambiaria al dólar—, se convierte en una depreciación real del boliviano, lo que ayuda a reducir las presiones sobre las RIN.
En suma, existen razones más que suficientes para advertir que el conflicto bélico no solo trae efectos negativos sino también positivos como casi todo en la vida. En la antigua Mesopotamia se colgaba a los mensajeros que portaban malas noticias para que éstas no volvieran a ocurrir. En esta columna solo llamo a la objetividad en el análisis.
Omar Velasco Portillo es economista.







