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Sí, Áñez no movió un dedo

La última vez que Jeanine Áñez habló ante los jueces sobre las acusaciones en su contra, referidas a su proclamación en 2019, dijo algo que debería ser refutado con cada uno de los hechos de los que fue protagonista quizás —hay que darle el beneficio de la duda— sin proponérselo: “No moví un dedo para […]

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Rubén Atahuichi

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Por Rubén Atahuichi
PARTE-CONTRAPARTE
La Paz / abril 13, 2022
en Voces

La última vez que Jeanine Áñez habló ante los jueces sobre las acusaciones en su contra, referidas a su proclamación en 2019, dijo algo que debería ser refutado con cada uno de los hechos de los que fue protagonista quizás —hay que darle el beneficio de la duda— sin proponérselo: “No moví un dedo para llegar a la presidencia”.

Nada más al renunciar Evo Morales, a las 16.52 del 10 de noviembre, un grupo de políticos, embajadores, representantes cívicos y la jerarquía de la Iglesia Católica comenzó a construir la sucesión. Para entonces había dos coincidencias: que “nadie del MAS debe seguir el proceso (de sucesión)”, planteada por Carlos Mesa, y la Declaración 00031/01, del 31 de julio de 2001, del Tribunal Constitucional, desempolvada para la ocasión por el expresidente de la Cámara de Senadores, abogado y asesor de Jorge Quiroga, Luis Vásquez.

Hasta ahí, Áñez no movió un dedo, ni para decir que aquél no era el escenario de la discusión política sino la Asamblea Legislativa. Pero tampoco movió un dedo para decir que no le corresponde la sucesión cuando al caer la noche de ese domingo Ricardo Paz, asesor de Mesa, la llamó para avisarle que los reunidos de la Universidad Católica querían plantearle la propuesta de sucesión; al contrario, expresó su predisposición en aras de la “pacificación”.

A partir de entonces, Áñez, entonces segunda vicepresidenta de la Cámara de Senadores, ya se supo presidenta por sucesión y anunció la convocatoria a sesión de la Asamblea Legislativa para la lectura de las renuncias de Morales y del vicepresidente Álvaro García.

Al día siguiente, el 11 de noviembre, Áñez se trasladó de Trinidad a La Paz en vuelo comercial. Pasó por Santa Cruz y allí coincidió con su colega Óscar Ortiz. Ya en El Alto, no movió un dedo más que para saludar al militar que la esperaba en el aeropuerto para trasladarla, junto a sus dos hijos y el senador, en un helicóptero de la FAB hacia el Colegio Militar, en la zona de Irpavi de La Paz. Se había activado la “cápsula presidencial” a su favor a pesar de no contar con la condición de mandataria.

Luego la recibiría en el hotel Casa Grande, su cuartel general, el dirigente cívico, ahora gobernador de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho. Éste había reclamado la renuncia de Morales, había invocado a las Fuerzas Armadas, había sugerido la sucesión a favor de la decana del Tribunal Supremo de Justicia y, el domingo previo, la conformación de un gobierno cívico y de “notables”. Áñez no movió un dedo para cuestionar los extremos ilegales.

Al llegar a las 14.00 a la Asamblea Legislativa, la senadora hizo declaraciones ante los medios, lloró por la situación y dijo otra vez que iba a llamar a sesiones para la lectura de las renuncias. No movió un dedo para asegurar la asistencia de todos los legisladores.

Mientras, por segundo día, la reunión extralegislativa de la Universidad Católica pulía el plan B (como llamó Samuel Doria Medina a la propuesta de Áñez sucesora). Otra vez la vicepresidenta de Senadores no movía un dedo.

Ya estaba más cerca de la sucesión. Conminó a las Fuerzas Armadas a salir a las calles en apoyo a la Policía y, sin serlo, en su condición de “presidenta de la Cámara de Senadores”.

La mañana del 12 de noviembre, en la Universidad Católica ya se había consumado la sucesión. Al finalizar la tarde, Áñez llamó a sesión de senadores; su colega Víctor Hugo Zamora le dijo que no hay quorum y ella, sin considerar el extremo y, al contrario, suspender el acto, se declaró presidenta de ese órgano. Y no movió el dedo otra vez cuando, acto seguido —en las mismas condiciones, y la ausencia de la bancada de dos tercios del MAS— se proclamó sucesora de Morales al amparo de un “comunicado” del Tribunal Constitucional.

Sí, no movió un dedo para —imaginamos— decir “sí, juro” ante una Asamblea Legislativa de la que se abstrajo. Menos movió un dedo, para decir que no es correcto, cuando un militar le impuso la banda presidencial y los símbolos en una pieza del Palacio Quemado.

Instalada en el poder de esa manera (Mesa dijo que fue una “sucesión impecable”), no movió un dedo para pacificar el país sin muertos. Movió el dedo al firmar el Decreto 4078, que eximía de responsabilidad penal a los represores, y no movió un dedo por la veintena de fallecidos a bala de las masacres de Sacaba y Senkata, a los que consideró “terroristas”, que ahora lloran por sus deudos y por justicia.

Si ella no movió un dedo para llegar a la presidencia, ¿quién lo hizo por ella? ¿Serán los “traidores” (que no forman parte del juicio que enfrenta) que aludió, maestro?

Rubén Atahuichi es periodista.

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