En los años 80, Bolivia y Chile enfrentaban una crisis económica muy fuerte, los desplazamientos poblacionales fueron muy grandes, formándose las poblaciones, tomas o villas, la migración campo- ciudad transformó las ciudades con los nuevos asentamientos. Las condiciones de vida de grandes sectores de la población sufrieron situaciones de extrema pobreza.
En Chile, la dictadura militar impuso los cambios en su economía con una nueva Constitución que implantó el neoliberalismo dirigido por los Chicago Boys. En Bolivia, luego de recuperar la democracia y la derrota de la alternativa de la Unidad Democrática y Popular (UDP), se impuso la política económica neoliberal asumida por el MNR como solución de hecho a la crisis con el DS 21060.
Aún existen muchas diferencias con Chile, en la población, en la formación social, en la economía, en la construcción y consolidación de cada Estado nación, pero un elemento común a ambos es la Guerra del Pacífico como constitución de subjetividades e identidades nacionales.
Varios analistas no logran tomar en cuenta en su reflexión la importancia de que Chile haya “ganado”, no solo a Bolivia sino también a Perú, una guerra que le permitió adueñarse de un recurso que le dio condiciones económicas para iniciar el siglo XX, le dio estabilidad y le permitió consolidar un proyecto estatal; y, sobre todo, le posibilitó un imaginario de “triunfo”, de haber conquistado y consolidado su territorio violentamente, primero hacia el sur y luego hacia el norte, en su proceso de chilenización.
Para Bolivia, el despojo del acceso soberano al Pacífico fue parte del inicio de una lógica instrumental, donde los intereses exclusivos de su élite económica y política estuvieron por encima de la nación y los gobiernos solo fueron instrumento para sus proyectos singulares.
A Bolivia no solo se le invadió y usurpó un territorio, sino que se le quitó una cualidad (la marítima) que afectó a la subjetividad nacional, al imaginario de nación. Chile, para entender este dilema, puede hacer una relación con el golpe de Estado a Salvador Allende y la ruptura del proyecto que llevaba a cabo y que cortó/dividió profundamente a ese país hasta 2019.
La aspiración marítima ha tenido distintos énfasis y posiciones en su tratamiento, pero no solo se hizo en Bolivia, sino también es un elemento aglutinante en Chile: genera patriotismo y apoya al sentimiento de nación.
Recordando los 143 años de la defensa civil de Calama, las relaciones económicas son más fuertes, la integración regional apremia para superar la crisis, los relacionamientos y flujos culturales cobran mayor vigor (no tanto por la presencia de bolivianos en Chile, como por los intereses chilenos económicos y comunicacionales que se ven sobre todo en el oriente de Bolivia), la movilidad poblacional y los flujos migratorios exigen, en general, un trabajo conjunto para que se pueda paliar una crisis múltiple.
Que ambos países tengan gobernantes progresistas y en sintonía en varios elementos ayuda a una potencial predisposición para buscar soluciones a múltiples temas; sin embargo, no podemos creer que Chile vaya a cambiar su postura institucional ni su metarrelato identitario nacional de la noche a la mañana, menos si mantienen los intereses de los grandes grupos de poder, como las siete familias que son dueñas del mar chileno. Ni tampoco podemos creer que las cosas no variarán en un Chile que está viviendo, a su manera, los cambios políticos del siglo XXI. Chile cambiará internamente, esa es su esperanza, pero en lo que respecta al relacionamiento exterior no será ni en el mismo ritmo, ni en una orientación fácilmente predecible. Por ello, es imprescindible que se entable un diálogo sincero, que se generen confianzas mutuas, y se fortalezca la predisposición de iniciar un nuevo ciclo/siglo de caminar juntos, dirigidos a encontrar caminos importantes complementarios y de integración, respetando y valorando nuestras singularidades y buscando soluciones reales a deudas históricas.
Pero eso no se logra con ideas y prejuicios antiguos, lo que no implica desconocer el pasado y las injusticias que se hicieron. Nunca hay borrón y cuenta nueva, pero sí existe la potencialidad de cambiar el presente y futuro aprendiendo del pasado.
Jorge Ocsa Laime realizó estudios en Sociología e Historia.







