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Las angustias por nombrar(se)

En Grindr, la red social más usada en el mundo gay, es común encontrar perfiles que dicen “solo blancos” o “no feos del campo”: Grindr permite una violencia racista encubierta de preferencia erótica por ser un ambiente oculto. Sucede que la palabra gay, al provenir del inglés, inevitablemente ha sido ligada a cierto tipo de […]

TRIBUNA
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Por Juan P. Vargas
TRIBUNA
La Paz / abril 21, 2022
en Voces

En Grindr, la red social más usada en el mundo gay, es común encontrar perfiles que dicen “solo blancos” o “no feos del campo”: Grindr permite una violencia racista encubierta de preferencia erótica por ser un ambiente oculto. Sucede que la palabra gay, al provenir del inglés, inevitablemente ha sido ligada a cierto tipo de hombre: blanco, guapo y con estatus económico. Este prototipo en Bolivia ha dado a luz también un estereotipo de persona: un hombre blanco (o blanqueado), que desprecia lo originario y se siente más anglo por el hecho de ser gay. Este desprecio del gay por lo indio se traduce en sus formas de habitar la ciudad, de relacionarse y de identificarse.

Como respuesta a esta norma blanca de lo gay, han surgido voces como la de Pedro Lemebel (Chile) o Édgar Soliz (Bolivia) que reivindican la palabra marica como rasgo identitario. Este gesto hace en el castellano lo que hizo Judith Butler con la palabra queer en el inglés: apropiarse de un insulto homofóbico en un contexto de identidad para invertir la posición de enunciación hegemónica: acallar el insulto al usarlo en primera persona. Hoy lo marica se ha convertido en la identidad homosexual decolonial en los espacios académicos hispanos.

También se ha buscado un denominativo no blanco en las lenguas indias. Se ha escrito bastante sobre los términos que Ludovico Bertonio rescató en su Vocabulario de la lengua aymara, de 1612. En él aparecen huaussa, q’iwsa e ipa con el significado de “uno que vive, viste, habla y trabaja como mujer y es paciente en el pecado nefando (sexo homosexual), al modo que antiguamente solía haber muchos en esta tierra”. Si recorremos el libro, vemos otros términos que se refieren a un hombre afeminado, que se viste de mujer o que tiene relaciones sexoamorosas con otros hombres: marmichatha, marmija, cutita, marmijaqi, q´iwlla, ccacha hocha, chacha pura, yuqalla pura. Mientras que los términos ccaccha y orco hihuatini se refieren a la lesbiana y ccacchatha al lesbianismo. Son 14 términos (o más) que se refieren a sexualidades que exceden el binarismo del chacha-warmi.

Movimientos como Maricas Bolivia rescatan el término q’iwsa como identitario, lo mismo hace María Galindo con ccaccha y Michael J. Horswell propone usar el término ipa. Es hermoso saber que el aymara alguna vez tuvo todos estos términos, pero en este rescate de palabras corremos el riesgo de terminar haciendo una sigla LGBTTIQ+ con términos aymaras, lo cual implicaría simplemente adaptar el conocimiento local a la consigna occidental de cómo debe entenderse la sexualidad. Es decir, continuar actuando según la norma blanca.

Pareciera, pues, que formamos parte de una búsqueda por nombrarnos desde la conjugación de la identidad india y la pluralidad sexual, pero cabe preguntarse ¿ante quién, para quién o para qué queremos nombrarnos? Podríamos pensar que esta angustia por nombrar proviene de la noción de que el lenguaje construye realidad o, en otras palabras: lo que no se nombra, no existe. De los 14 términos de Bertonio solo ha sobrevivido uno (q´iwsa), pero la pluralidad en la identidad de género y en la orientación sexual ha continuado existiendo: existen sexualidades reales a pesar de que no se nombren. Ya no existe el término marmichatha (que Bertonio define como “disfrazar a uno en hábito de mujer”), pero existen la china supay y la china morena como personajes travestidos en nuestras danzas: allí donde ha fracasado la palabra, ha triunfado el cuerpo.

De ahí que Laura L. Álvarez haya propuesto el término ullupaku, para definir a la mujer trans en quechua. No lo hace rescatando una lengua muerta, sino a partir de la vivencia de su propio cuerpo y con la conciencia de que la lengua está viva y puede evolucionar en la oralidad. Tal vez sea hora de leer los cuerpos, los tejidos, los espacios, más que buscar desesperadamente palabras que nos nombren; tal vez sea hora de tejer más que de escribir. Al buscar denominativos tratamos de adaptar una cultura eminentemente oral a los cánones occidentales de la escritura. El indio ha sido un subalterno, el q’iwsa ha sido un subalterno, pero continuar queriéndonos adaptar a la norma occidental solo va a lograr perpetuar dicha subalternidad. Dejo dos versos que nos regaló Elvira Espejo, en su Kirki Qhañi, que tal vez nos abran la mente hacia aquella fluidez del género que tanto buscamos: “jumapiniw awkñata wayaway tatalay / jumapiniw taykñata waway tatalay (Tú eres mi madre, Padre viajero / Tú eres mi padre, Padre viajero)”.

Juan P. Vargas es literato.

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