Estudios de lo urbano asocian los problemas de la ciudad con el cuerpo humano. Consideran a la ciudad como un organismo vivo susceptible al análisis de la medicina general para diagnosticar y recetar posibles tratamientos. Con esas analogías es fácil hacerse entender con el gran público, y sobre todo, establecer, en lenguaje coloquial, los males urbanos. Esas técnicas análogas pueden asociar las venas y arterias de un cuerpo con las avenidas y calles de la ciudad (además se pueden encontrar los pulmones, corazón, músculos, nervios de la ciudad). Con esa visión medical, aplicada a lo urbano, podemos reír o llorar con el diagnóstico en la mano, escrito con letra ininteligible.
Como decidimos entregar el suelo urbano a las fuerzas desatadas del mercado, nuestras angostas calles comenzaron a reventar de automóviles generando un dolor persistente en el pecho que llamamos caos urbano. Sentimos que fuimos bombeados con múltiples transfusiones de sangre a un sistema de venas y arterias estrecho que hará colapsar el corazón de nuestro cuerpo urbano. Diría, como esos médicos que hablan al grano y sin anestesia, usted se va a morir de un paro cardiaco irreversible. (Por supuesto, que también como personas, nos estamos matando de a poco. Apoyados en nuestros volantes, viendo todo el año una masa inamovible de autos, minibuses, etc., nuestra pulsación se re-acelera).
Ese complejo cuadro clínico es conocido como EAC. Enfermedades de la arteria coronaria que acontecen cuando las arterias fundamentales, periféricas al corazón, se endurecen y se constriñen con el riesgo de cortar el flujo de sangre. Cuadro gravísimo en organismos sometidos a malas dietas y pésimas costumbres. Y, en la ciudad, las EAC campean. Las pocas avenidas, amplias y fluidas de antaño, se han ido angostando y endureciendo inexorablemente. Primero por malas prácticas vehiculares, y después por el crecimiento irrestricto del parque automotor. Hoy el diagnóstico dice: EAC presente en todas las arterias fundamentales de la ciudad, porque, esa multitud de glóbulos rojos y blancos (minúsculos ciudadanos mal instruidos que están al mando de máquinas destartaladas), apenas fluyen y se detienen donde les da la gana, cerrando las arterias, generando acumulación y endurecimiento de grasas (amontonamiento de esos minúsculos ciudadanos). Esas grasas (insisto: nosotros mismos) detienen el flujo, se amontonan e insultan, se pasan de carril y de semáforo, todo un relajo en una pequeña ciudad de apenas 800.000 habitantes que se amargan la vida a 5 kilómetros por hora. Estamos con una arterioesclerosis urbana múltiple. ¿Tiene cura, doctor?
Carlos Villagómez es arquitecto.







