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Guerra de combustibles fósiles

Por un lado, podría parecer indudable que la invasión de Rusia a Ucrania es una guerra posibilitada y exacerbada por el apetito insaciable del mundo por los combustibles fósiles. Es imposible que no sea así: Rusia es un petroestado (su economía e influencia global dependen en gran medida de sus vastas reservas de petróleo y […]

Voces
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Por Farhad Manjoo
TRIBUNA
La Paz / abril 26, 2022
en Voces

Por un lado, podría parecer indudable que la invasión de Rusia a Ucrania es una guerra posibilitada y exacerbada por el apetito insaciable del mundo por los combustibles fósiles. Es imposible que no sea así: Rusia es un petroestado (su economía e influencia global dependen en gran medida de sus vastas reservas de petróleo y gas natural) y Vladimir Putin es su petromonarca, uno más en una línea de personajes con los que las democracias liberales siguen haciendo negocios porque tienen algo que les es indispensable.

La salida de este predicamento también parecería obvia y urgente. Acelerar nuestra transición a combustibles renovables baratos y abundantes nos permitiría resolver al mismo tiempo dos amenazas graves al planeta: la amenaza de los hidrocarburos, causantes del calentamiento climático y la contaminación del aire y la de los dictadores que mandan sobre su abastecimiento.

Sin embargo, los políticos estadounidenses de izquierda parecen totalmente incapaces de establecer esta conexión, ¿o no? En su discurso del estado de la Unión poco después de la invasión de Rusia, el presidente Joe Biden desperdició una gran oportunidad: podría haber resaltado los peligros geopolíticos de los combustibles fósiles y así revivir su plan para el cambio climático, que está estancado, con otras 30 naciones, que se pondrán en circulación 60 millones de barriles de petróleo. Entre tanto, los críticos de derecha no perdieron la oportunidad de oro que les presentó la idea de que la invasión de Rusia por algún motivo hace hincapié en lo absurdo de ocuparnos del cambio climático.

Siento como si estuviera de cabeza. Si “el grupo de presión del clima” de verdad tuviera tal poder, quizá ya habría evitado desde hace tiempo que Europa construyera su sociedad sobre la base de un acuerdo diabólico por la energía rusa. Por otra parte, con todo y su “obsesión con el clima”, los demócratas del Senado estadounidense no han conseguido que se apruebe una ley para regular las emisiones causantes del calentamiento climático. Más bien, un senador partidario del carbón ha obstaculizado su proyecto de ley y ahora el problema del cambio climático ha quedado relegado por el tema de la guerra. Algunos demócratas parecen haberse olvidado por completo del planeta: Gavin Newsom, el gobernador de California, quiere entregarles a todos los propietarios de automóviles de su estado hasta $us 800 en reembolsos para compensar el elevado precio de la gasolina. Este momento podría habernos dado claridad moral sobre los peligros de los combustibles fósiles, pero, hasta ahora, los demócratas han titubeado en dar ese mensaje.

La buena noticia es que los demócratas tienen una nueva opción lista. Build Back Better, la política social y ambiental de amplio alcance que no superó el Senado el año pasado, incluye una letanía de ideas excelentes para abordar la crisis actual. Ese esfuerzo no ha perecido por completo; los demócratas todavía se encuentran en negociaciones con Joe Manchin, el senador de Virginia Occidental que tiene parado el proyecto de ley, y todavía podrían unir fuerzas para aprobar algunas partes.

Pero lo que me tiene desconcertado es por qué Biden y los demócratas no han defendido agresivamente sus propuestas en el nuevo contexto de la guerra ni han hecho énfasis en que la política climática no es ajena a la política exterior, por lo que liberarnos de los combustibles de otros es la mejor solución a largo plazo para los precios energéticos por las nubes.

Hablé con varios defensores de la política climática que se lamentaron por la aparente renuencia de la Casa Blanca a comunicar con fuerza este mensaje. No obstante, una entrevista que dio Svitlana Krakovska, científica del clima ucraniana y parte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, fue lo que, en lo personal, me hizo entender la relación. Krakovska le dijo hace poco a The Guardian que, cuando las bombas rusas comenzaron a caer sobre Ucrania, reflexionó sobre la naturaleza interconectada de su área de estudio y los peligros que enfrenta su país.

Voy a dejar que ella cierre este artículo: “Empecé a pensar sobre los paralelos entre el cambio climático y esta guerra y me quedó claro que la raíz de estas dos amenazas a la humanidad se encuentra en los combustibles fósiles”, aseveró Krakovska en la entrevista. “La quema de petróleo, gas y carbón causa el calentamiento y otros impactos a los que necesitamos adaptarnos. Rusia, por su parte, vende estos recursos y utiliza el dinero para adquirir armas. Otros países dependen de esos combustibles fósiles y no se liberan de ellos. Estamos en una guerra por los combustibles fósiles. Es evidente que no podemos seguir viviendo así, pues terminaremos por destruir nuestra civilización”.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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