Huaco retrato (Dum Dum editora) es un ajuste de cuentas, es una terapia. La escritora peruana Gabriela Wiener despliega una impúdica crónica del yo con el derecho a saber como bandera. La agencia literaria Casanovas y Lynch se ha encargado de publicar la obra en varias editoriales a lo largo del mundo. La tapa boliviana lleva una ilustración de Marco Tóxico.
“Entre padres e hijos, la perplejidad parece ser la única posibilidad de comprensión”, dice Heinrich Boll, en las típicas citas antes de arrancar el libro. Gabriela, que será la estrella invitada de la próxima Feria del Libro de La Paz en agosto, repasa su árbol genealógico armada con una motosierra.
Su tatarabuelo austríaco explorador Karl/Charles Wiener Mahler es lo más parecido que tenemos a Humboldt, Orbigny o Posnansky; un Indiana Jones “farsante/impostor”, según la tataranieta; “un personaje extraviado en su eurocentrismo, violento y atrozmente racista, un puto americanista, el mito del salvador blanco”. Charles Wiener —judío y luego católico converso— también caminó por Tiwanaku y La Paz y trepó hasta la cima del Illimani, bautizando unos de sus picos como “París”. En esas andanzas, tomó “prestadas” algunas instantáneas del fotógrafo de Corocoro, Ricardo Villalba.
Las infidelidades del padre periodista comunista, los debates sobre el poliamor (el amor libre de toda la vida, los tríos tan queridos y temidos), el racismo institucional/ cotidiano en España (donde vive) y la competencia (ambos, Charles y Gabriela, han escrito libros de éxito) conducen la crónica ombliguista hacia una reivindicación de la bastardía.
Vendidos como esclavos en la Grecia clásica y aislados/repudiados en la Roma antigua, el bastardo es el nuevo “mestizo”. Wiener no ansía la paz, ni la reconciliación, ni la autenticidad, ni mucho menos el trillado mestizaje; ella quiere ser bastarda, por sus venas corre sangre bastarda. Para desarmar y armar su modelo toma fragmentos, saca, pone, quita y juzga con ojos de hoy un pasado olvidado/incompleto. En ese camino de detective familiar, duda: “acaso este acto de indiscreción violenta solo encubre mi propia cobardía”. Entonces sigue escribiendo en una huida hacia adelante morbosa, en un intento de reafirmar su “identidad marrón, chola y sudaca”.
Huaco retrato es literatura para matar al padre. A Wiener se le va la mano y “mata” a toda la familia. En la balacera muere hasta su ciudad natal (“Lima tiene el cielo más injusto que he visto en mi vida”).
La no ficción —donde las protectoras mentiras impulsan la búsqueda de medias verdades— está de moda como género en este mundo cada día más narcisista. Wiener camina segura sobre ese territorio sucio pero teme perder la inocencia al meter la vida en la literatura y la literatura en la vida. La autoficción sobre la familia de cada uno, sin pudores ni vergüenzas, engancha como lo hacen Laura o la Doctora Polo. “Una familia es una isla ficticia sobre un mar de realidad”, dice Wiener para arremeter rabiosamente contra el concepto de familia tradicional, apostólica y romana.
Gabriela se siente feliz/halagada cuando la comparan con la argentina Leila Guerriero. Y está chocha cuando alardea de los privilegios que tienen los cronistas (autoproclamados como la “primera clase de la prensa”). Ellos y ellas “no son escritores pero Dios nos libre de ser solo periodistas”. En eso, la depredadora Gabriela se parece más de lo que cree a su odiado/amado tatarabuelo. Wiener se ha convertido, como temía, no solo en su padre (infiel) sino en el propio Charles; ambos con la hipérbole como bandera, siempre en primerísima persona, saqueando y creando sus propios héroes protagonistas, ellos mismos.
Para mantener la atención del espectador (digo, lector), Wiener sazona sus memorias con sexo salvaje/necrófilo, amores tóxicos, reflexiones sobre la inmigración (como doble vida) e impostura. Todo con la letra “c” por delante: “ce” de culpa, de confesión, de celos, de complejo, de cuestionamiento del constante deseo sexual.
Huaco retrato, eliminadas las pajas familiares, es un ensayo sobre racismo, sexopolítica, cuerpos diferentes y belleza/fealdad. “Hemos dejado de desear y amar cuerpos como los nuestros”. Wiener —preocupada por el porcentaje exacto de razas en su sangre— sostiene que la blanquitud es un régimen político; que el sexo puede ser una venganza histórica, una forma de resistir, una manera de rellenar vacíos. Quizás la respuesta de su madre sea la más sabia: la hija se expone demasiado, como el tatarabuelo.
Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.







