El guardia de fronteras estaba de pie junto a un pequeño edificio de bloques de hormigón, entrecerrando los ojos por la luz del sol. Desde donde yo estaba —el asiento trasero del viejo Renault de mis padres—, él parecía alto y daba un poco de miedo. Pero solo echó un vistazo rápido al interior e hizo un gesto con la mano para indicarnos que podíamos seguir adelante en nuestra excursión de un día a Melilla, un enclave español al norte de Marruecos.
Aquello fue en 1977, cuando quienes cruzaban la frontera eran en su mayor parte lugareños. Pero, a medida que creció la Unión Europea, también lo hizo la fortificación. Hoy Melilla está rodeada por una ancha zanja, vallas metálicas de unos seis metros de alto y torres de vigilancia equipadas con tecnología de vanguardia. Es prácticamente imposible que un migrante sin documentos cruce la frontera; al menos, solo.
Muy temprano en la mañana del 24 de junio, unas 2.000 personas se abalanzaron sobre la valla. Las fuerzas de seguridad marroquíes las recibieron con gases lacrimógenos y porras. Cuando se dispersó la aglomeración, habían muerto 23 migrantes, aunque las organizaciones no gubernamentales locales dicen que la cifra podría ascender a los 37. El presidente del Gobierno español, el socialista Pedro Sánchez, culpó a las mafias de traficantes de personas de lo que calificó de “ataque a la integridad territorial” de España. Les agradeció a las autoridades marroquíes su labor, y añadió que Marruecos “combate y también padece esa violencia”.
Es conveniente presentar a España y Marruecos como víctimas conjuntas de invasores violentos, pero los desgarradores vídeos que salieron a la luz más tarde cuentan una historia distinta. Aún se desconoce qué ocurrió exactamente la mañana del 24 de junio. Pero enterrar los cuerpos no hará que ese episodio desaparezca. Marruecos ya se está enfrentando a la indignación nacional y las repercusiones diplomáticas en el extranjero. España, por otra parte, puede evitar mancharse las manos. La indignación que siente el público en el país por la muerte de decenas de migrantes a sus puertas puede ser dirigida hacia el Gobierno marroquí, los traficantes de personas o a los propios migrantes. El Gobierno español puede seguir aceptando refugiados de Ucrania — hasta 124.000, según un cálculo reciente— mientras les niega a los refugiados de países como Sudán la oportunidad de entrar en Melilla para poder solicitar asilo.
Este entendimiento entre España y Marruecos es relativamente nuevo. El año pasado, sin ir más lejos, el Gobierno español acusó a Marruecos de “falta de respeto” y de lanzar un “desafío” por haber permitido a miles de personas, entre ellas muchos niños, cruzar la frontera sin impedimentos. Sin embargo, el anuncio en marzo de que España iba a apoyar el plan de autonomía de Marruecos para el Sáhara Occidental ha convertido a dos vecinos peleados en estrechos aliados. Se aprobó poco después un acuerdo en materia de seguridad.
España y Marruecos no son los únicos países que llegan a esos pactos. Para impedir que los migrantes lleguen a ella, la Unión Europea lleva una década embarcada en el proyecto de externalizar la vigilancia de sus fronteras a países muy alejados de ella.
Esto hace que un problema muy visible se vuelva invisible. Las personas que viven en las metrópolis europeas son escudadas de la violencia y el sufrimiento que tiene lugar en sus fronteras, porque estas fronteras, en realidad, son vigiladas por otros gobiernos a miles de kilómetros de distancia. Esta política es una burla a los derechos humanos, los cuales afirma Europa proteger y defender, incluido el derecho de asilo.
Aquí va una historia. Dime si la has oído antes. La gente pierde sus casas y sus medios de subsistencia a causa de la guerra, de una catástrofe natural o la ruina económica, así que deben mudarse a otra parte. Si la lotería de la vida les da los documentos acertados, pueden restablecerse en otro lugar y construirse una nueva vida. Pero si resulta que son de un país no deseable, serán repelidos por todos los medios necesarios.
Ya tenga lugar esta historia en las puertas de Europa o Estados Unidos, la moraleja es la misma. Nadie elige ser un refugiado. Solo elegimos cómo respondemos a los refugiados. Enviarlos de vuelta a Marruecos, como está haciendo Europa; mandarlos en avión a Ruanda, como el Reino Unido prevé hacer; o decirles “Quédate en México”, como ha estado haciendo Estados Unidos: todas estas son respuestas crueles y cortoplacistas. Porque, hasta que sus hogares sean seguros, seguirán viniendo refugiados.
Laila Lalami es escritora y columnista de The New York Times.







