Fui uno de los agentes de Policía del Capitolio que defendió a Estados Unidos del asalto del 6 de enero de 2021, y me pareció que era importante estar en la sala del comité el 28 de junio para escuchar el testimonio de Cassidy Hutchinson, excolaboradora de la Casa Blanca. Me impresionó oírle explicar hasta qué punto el expresidente Donald Trump incitó a la gente que casi me mata. Soy un inmigrante de la República Dominicana, veterano del Ejército de Estados Unidos y sargento que lleva trabajando en el cuerpo 16 años, pero nunca he presenciado nada como el ataque del 6 de enero, ni siquiera en combate en Irak.
No sé qué parte del testimonio me indignó más: que Trump quisiera que lo llevaran en coche al Capitolio para liderar la agresiva rebelión; que alentara a sus simpatizantes a sabiendas de que iban armados; o que ignorara a consejeros e incluso a su hija que le dijeron que acabara con ello, supuestamente peleándose con su agente del Servicio Secreto después de que éste se negara a permitir que llevaran al presidente allí. Antes de que Trump se dirigiera a sus simpatizantes en la Elipse, cuando aún no se había producido la insurrección, se le comunicó que en los puntos de control no se estaba dejando pasar a quienes fuesen armados y, según el testimonio de Hutchinson, dijo: “Me tiene sin cuidado que tengan armas. No están aquí para hacerme daño a mí”.
Las nueve personas que murieron a consecuencia de aquel terrible día —entre ellos los cuatro policías que se suicidaron tras el ataque— no tuvieron esa suerte. Tampoco yo la tuve. Fue como un campo de batalla medieval. Como nuestras vidas corrían peligro, habría estado justificado el uso de la fuerza letal. Durante esa lucha de cinco horas, tuve las manos ensangrentadas después de que me las golpearan con una porra de policía robada. Sufrí tales daños en el pie derecho y el hombro izquierdo que necesité varias operaciones para arreglarlos. Me dieron un golpe tan fuerte en la cabeza con una tubería que sin duda habría sufrido traumatismos permanentes de no haber sido por mi casco.
Tras la rebelión, recibí una Medalla de Oro del Congreso y la Carnegie Corporation me nombró recientemente “Gran Inmigrante”. Después de que hace poco pasé la prueba para ser promovido a teniente, esperaba ser ascendido. En cambio, el día del testimonio de Hutchinson, se me rompió el corazón al oír a mis médicos decirme que, a los 43 años, ya no podía seguir trabajando en el cuerpo policial. El daño físico y emocional que sufrí el 6 de enero no solo acortó mi carrera profesional, sino que puso mi vida de cabeza. Murieron cinco de mis compañeros de las fuerzas del orden y más de 850 agitadores fueron detenidos. Así que muchas familias quedaron destrozadas por el afán de poder de un solo hombre.
Son aún más frustrantes los republicanos que siguen negándose a testificar bajo juramento y que, en su lugar, restan peligrosamente importancia a lo cerca que estuvimos de perder nuestra democracia. Aplaudo la valentía de los testigos que han dado un paso al frente para contar la verdad. Sé, por mi experiencia personal —he testificado varias veces sobre aquel día ante el Congreso, el FBI y la Corte— lo estresante que puede ser. Ojalá todos hubiéramos podido testificar antes, justo después del 6 de enero, cuando quizá habríamos logrado un mayor impacto.
Hay que dejar de respaldar a Trump de inmediato. No solo se le debería prohibir presentarse a cualquier otro cargo en el gobierno; nunca se le debería permitir volver a estar cerca de la Casa Blanca. Creo que traicionó su juramento de defender la Constitución, y eso fue en mi perjuicio, el de mis compañeros y el de todos los estadounidenses, a los que en teoría debía proteger.
Aquilino Gonell es sargento de la Policía del Capitolio y columnista de The New York Times.







