La descolonización trajo aparejada la noción de trocar el nombre instaurado por los sucesivos invasores portugueses, holandeses y británicos con la toponimia nativa y así como el Congo se convirtió en Zaire, la Costa de Oro en Ghana, Ceilán al acceder a la independencia conservó en 1972 su adhesión a la Mancomunidad Británica, bajo el título de República Democrática Socialista de Sri Lanka, adoptando como lengua oficial el sinhala tamil. Hace pocos días la población esrilanquesa encolerizada por el alto costo de la vida, la escasez de alimentos básicos, de electricidad, de medicinas y de combustibles, se volcó a las calles de Colombo, para ocupar la casa presidencial y castigar al presidente Gotabaya Rajapaksa, cuyo clan familiar controla el mando desde 2005. Acusado de corrupción, el septuagenario huyó precipitadamente vía las Maldivas hasta Singapur, presa de pánico ante la incontenible ira popular, síndrome conocido, también, entre los detentadores de la reelección indefinida. Obligado a renunciar, el vacío de poder sería llenado bajo la norma constitucional, para que su sucesor, el primer ministro Ranil Wickremesinghe, enfrente la dramática situación de ese Estado financieramente quebrado, hasta la decisión formal en el Parlamento.
Ese episodio me trajo el recuerdo de mis visitas a esa hermosa isla en el océano Índico, cuando en 1974 ejercía la secretaría general de la Asamblea Mundial de la Juventud (WAY) y, en tal carácter promovía proyectos de cooperación al desarrollo. Entre ellos el progreso de las “Cien aldeas” regentado por la Sarvodaya Shramadana, un movimiento popular dirigido por el trabajador social A.T. Ariyaratne, joven entonces y ahora un mítico patricio de 90 años. Fue él mi ilustre anfitrión, quien organizó la inusitada experiencia de pernoctar dentro de la silvestre profundidad cingalesa en su bastión de Bandarawella, donde fuimos —una noche— embestidos por una manada de elefantes salvajes que en su rauda estampida destrozaron gran parte de la precaria vivienda, soslayando, por suerte, nuestra presencia.
Años más tarde, en 1980, volví a Sri Lanka, como diputado, a la reunión anual de la Unión Interparlamentaria Mundial, junto al senador tarijeño William Bluske Castellanos, con quien tuvimos la grata sorpresa de saber que una de las lucidas intérpretes, Silvia Ávila, era de nacionalidad boliviana.
En ambas visitas constaté que Sri Lanka conservaba admirable armonía de convivencia pacífica entre las comunidades budista 70% (la mayoría), hindú 12 %, musulmana 9 % y cristiana 6%, salvo los cruentos enfrentamientos durante la guerra civil que por 25 años (1983-2009) sostuvo el gobierno central contra el brazo separatista del Tamil Eelam (LTTE) de los tigres tamules, conflicto que causó cerca de 100.000 muertos.
Alejada de tan solo 30 kilómetros de la costa de la India, es inevitable la influencia de ese gigante geopolítico de 1.300 millones de habitantes sobre la pequeña isla de tan solo 22 millones de moradores. Sin embargo, la política exterior esrilanquesa mantiene un sano equilibrio de no alineamiento.
Las causas de la crisis actual se deben al mal manejo de la economía y a factores externos adversos como la pandemia del COVID-1; la disminución drástica del turismo, principal fuente de divisas; la veda de importaciones de fertilizantes químicos, lo cual influyó en el decremento de su producción agrícola; la reducción de exportaciones de ropa manufacturada allí (maquila); todo ello absorbió la reserva de divisas, aumentando sus préstamos del Fondo Monetario Internacional hasta alcanzar los $us 54.000 millones, impagos desde abril último, lo que precipitó su declaratoria en default. Entonces, sin posibilidades de importar petróleo, alimentos ni medicinas, es el catastrófico escenario para la insalvable crisis política que padece la otrora legendaria Ceilán.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






