Uno: “Esto no es París ni Barcelona, esto es felizmente La Paz, la cima del mundo”. Así habla Carlos Villagómez Paredes, el arquitecto. Es la ciudad que hemos querido (construir), espacio de fiesta y protesta; ciudad inacabada para nuestro bien; ciudad/mercado en eterno intercambio; ciudad hundida. Esa tiendita de barrio colgando en la ladera es el mejor shopping del planeta. ¿Quién sino te salva a última hora de la noche con dos huevos para hacer tu revuelto favorito? Tus personajes te han modelado; tus artistas te han ensalzado hasta los cielos. Villagómez pregunta/exige: ¿cuándo vamos a repatriar El yatiri de Borda que está en Santa Cruz? Lloverá y lloverá, pasarán y pasarán los presidentes y los alcaldes. Todos nosotros nos habremos muerto y la paceñidad seguirá de pie, como la montaña vigilante, como el cerro cómplice. “El sentimiento de pertenencia de los paceños y paceñas está por encima de toda ideología”, dice Villagómez que vuelve a preguntar/exigir: ¿cuándo vamos a recuperar el espacio público del atrio de Correos, obra del arquitecto Calderón?
Dos: en el hall del Cine Municipal 6 de Agosto (¿cuándo va a devolver Raúl Garafulic los grandes espejos?) hay una exposición dedicada a la memoria del arquitecto Emilio Villanueva Peñaranda, hijo de María y de Gabino. Se llama Arco Tributo. Don Emilio, hincha y socio del club The Strongest, diseñó el maravilloso “Gran Stadium Presidente Hernando Siles”, inaugurado un jueves ( feriado) 16 de enero de 1930 con una goleada de su querido equipo gualdinegro. Las imágenes de aquel primer match entre la institución del día y de la noche y Universitario están siendo restauradas en la Cinemateca Boliviana y pronto, ojalá, las veremos.
Villanueva —el hombre que soñó La Paz— vivió en una casona colonial de la calle Jenaro Sanjinés. Fue derribada en 1970 —ese afán por demolerlo todo viene de lejos— para ampliar la avenida Sucre. La portada de aquella casa se recuperó en 1988 para ser la entrada del Museo Tambo Quirquincho. Junto a su compañera Hortensia Núñez del Prado y sus hijos Nelly y Fernando, también vivió en Sorata cuando el presidente Siles (Villanueva fue su ministro de Instrucción Pública) tuvo que salir al exilio de Chile. Don Emilio —discípulo de Le Corbusier— hacía alarde su elegancia y tenía un bigotito al más puro estilo Clark Gable.
Nos dejó para siempre edificios que hoy son íconos como la alcaldía (que hizo ad honorem); la actual Vicepresidencia (antes Banco Central de Bolivia y hoy oficialmente Palacio Villanueva); el monoblock de la UMSA, el citado estadio y el Museo de Tiwanaku (excasa de Posnansky, ex Museo Nacional), de hermoso estilo neotiwanakota; el Hospital General de Miraflores; el edificio Sáenz/Cine-Teatro Princesa; la avenida Mariscal Santa Cruz (ex Paseo de Recreo); y la Camacho (diseñada a la perfección para acercar el Tata Illimani a la ciudad). Tuvo que vender su casa del parque Zenón Iturralde (la Alcaldía puso en 2019 un letrero diciendo erróneamente que la casa fue de Aniceto Arce). ¿Por qué te hemos condenado al olvido, don Emilio? ¿Por qué destruimos en 1975 el más bello estadio jamás construido?
Tres: La Paz tiene un estilo formado, como se forma una nación o la idiosincrasia de un equipo de fútbol. Tiene un ajayu intransferible/ inimitable; tiene alma aymara porque el aymara es arquitecto por naturaleza. Arturo Borda vivió “en el mejor de los mundos posibles en La Paz” (Jaime Saenz dixit) y recibió tanto odio, envidia y resentimiento como don Emilio. A veces sueño con Villanueva paseando por la Sagárnaga con su fino terno y una cebolla en el ojal, como el Toqui. En otros sueños extraños/febriles veo a Villanueva abrazado con Cecilio Guzmán de Rojas celebrando/ gritando un gol del Chato Reyes Ortiz.
Cuatro: un día, la hija de Villanueva, Nelly, le preguntó a su padre a quién daría el Cóndor de los Andes. Y don Emilio respondió: “Se lo daría a ese indio adobero que contemplo cada mañana muy temprano. Cuelga su saco, se remanga los pantalones y con los pies desnudos pisa el barro y hace los adobes más perfectos que imaginar se pueda. Con ellos puedo levantar mis edificios”. Todos somos adoberos.
Cinco: vuelvo en el final al arquitecto Villagómez. Sostiene Carlos que si existe un ejemplo paradigmático de nuestra exuberancia, esa es la ciudad de La Paz. Todo está repleto. “Hasta el cielo ha sido asaltado por miles de cables y líneas de teleférico”. En los cuadros de nuestro mejor acuarelista, Marito Conde, no hay espacio para nada ni para “nadies”. Es puro miedo. Todos tenemos miedo ante la inmensidad; ante la soledad; ante esta “ciudad tejida por aguas subterráneas” (Orihuela dixit). No es fácil vivir en la cima del mundo, da vértigo.
Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.







