Hace unos días escuché a unos jóvenes comentar sobre su necesidad de encontrar algún empleo de lo que sea, para cubrir algunos gastos y no ser una carga en su casa, donde sus papás estaban “acogotados” con sus tres hermanos menores y el hijo de su hermana, madre soltera, que ayudaba al mantenimiento de la casa vendiendo ropa, juguetes y cosméticos por internet. Su amiga que le escuchaba digitando su celular de rato en rato — ambos no pasaban de los 25 años—, intervino arguyendo que ella no buscaba un trabajo fijo con sueldo mensual, hizo muchos intentos y se cansó. “Además te pagan mal y te explotan al máximo, prefiero tener mi propio emprendimiento —decía ella—, me encanta lo que hago y no me va mal, pinto uñas y con unas amigas alquilamos un espacio muy chiquito, prácticamente es un quiosco y allí nos acomodamos cuatro, tenemos clientes al por mayor”.
Esa conversación marca la tendencia de los jóvenes en Bolivia respecto al empleo, se conforman replicando la informalidad ante la imposibilidad de encontrar un trabajo estable, con salario digno, seguridad social a corto y largo plazo, con mayor exigencia de capacitación en estudios superiores. Prefieren cero dependencia, nada de órdenes de superiores e imposición de horarios. Es verdad que es una tendencia mundial y más aún después de la pandemia vivida a nivel global. Pero detrás de esas palabras hay unas sombras de resignación y sobrevivencia que crean incomodidad, por decir algo.
Detrás de la breve conversación de esos jóvenes se nota la resignación a postergar indefinidamente el avance en su capacitación, lo que a la larga significa limitar sus aspiraciones de vida. Según el Cedla, solo dos de cada 100 jóvenes en Bolivia tienen buenos empleos, por lo tanto “98 tienen empleos precarios y 65 por ciento tiene trabajos extremos; con remuneración por debajo del salario básico mensual”. Esto nos demuestra algo muy preocupante, que los jóvenes o tienen un empleo precario, mal remunerado, o tienen un emprendimiento muy incipiente, ambos casos significan postergación en su desarrollo y abandono en un proyecto de vida más ambicioso.
Con frecuencia se han anunciado grandes proyectos de generación de empleo para la juventud del país, muchos de ellos con títulos atractivos, se conoce poco de sus resultados y de su vigencia. Lo visible es el desempleo de chicos y chicas a quienes se ve entregando en las calles desde un peine hasta electrodomésticos por ventas que hicieron por internet, mercadería que entregan en la esquina de siempre sin límite de día ni de hora. No son buenas políticas las que lanzan a los jóvenes a trabajar en condiciones paupérrimas con el pretexto de que cualquier cosa es mejor que nada. Los jóvenes necesitan que se los tome más en serio en el momento de elaborar políticas públicas de empleo.
Lucía Sauma es periodista.







