Esta semana que concluye han ocurrido un par de hechos que han ocupado la agenda de opinión pública del país al menos en “redes” (o al menos en alguna parcialidad de ese complejo y disperso mundo) donde, en torno a ellos, el debate ha ido transitando entre lo que puede y no puede hacer una joven tiktokera y los manifiestos o silencios respecto a la agresión verbal machista de una autoridad contra una alcaldesa. En ambos casos, el hecho que debiera ser la noticia y, si acaso, generar reacciones está ejecutado por hombres: un hombre que filtra un audio privado y otro que insulta a una alcaldesa. Por lógica, lo que debiera ponerse en tela de juicio es la violencia que se ejerce sobre mujeres de forma injustificada y a quienes se debiera poner en la palestra pública es a las personas que ejecutan estos actos de los cuales hay mucho que discernir en una sociedad que violenta tanto a las mujeres, como es la boliviana. Y no debiera ser, más bien, el centro de la discusión pública qué puede hacer o no una joven del campo o qué debe decir o no una mujer del partido de uno de estos hombres.
Whataboutism (o, en español, whataboutismo) es un término que se utiliza en la actualidad para señalar la falacia más conocida como tu quoque y que tiene como objetivo evitar la discusión en torno a un razonamiento o un hecho para centrarse en deslegitimar al emisario del mismo acusándolo, principalmente, de hipocresía y que, como efecto, obliga a este emisario a tomar acción sostenida sobre un tema como condición para la obtención de validación moral para manifestarse sobre el mismo. Así, sostengo que las lógicas de funcionamiento que reiteradamente vemos en “las redes” (como se les dice coloquialmente a los espacios de opinión digitales) están empezando a condicionar nuestra forma de manifestarnos públicamente sobre algo. Y además, más grave aún, pudieran estar empezando a modificar nuestra manera de intercambiar criterios en democracia además de estar afectando ya la agenda sobre lo que opinamos y consideramos relevante como bolivianos. En suma, en buena parte de la conversación pública digital sobre temas comunes, lo que se discute gira en torno a las personas y no alrededor de los hechos, esto ya como un signo casi común. Y, en el caso de la violencia contra las mujeres, se discute sobre lo que hacen o dicen las mujeres y no sobre los hechos violentos y sus ejecutores.
¿Por qué? En primer lugar, seguramente porque la tecnoutopía de la gran conversación digital horizontal entre pares en una sociedad siempre fue demasiado buena para ser real y, en consecuencia, fue resuelta históricamente mediante los sistemas de representación que hoy están, más bien, en riesgo y en segundo lugar, cuando se trata de temas relativos al machismo, porque vivimos en una sociedad profundamente patriarcal en su estructura donde la vigilancia social no puede dejar de tener los ojos encima de las víctimas: es decir, las mujeres. Es importante que podamos mantener sobre la mesa del debate este tipo de dinámicas y lógicas que se despliegan en espacios digitales, a tiempo de recordar que son solo una extensión de la realidad y no la realidad en sí misma porque el futuro digitalizado, así como pinta, pareciera presuroso de seguir estirando los ligeros hilos de convivencia democrática que aún, en las calles, día a día, nos sostienen como sociedad integrada. Entre ellos, la forma en la que dialogamos sobre problemáticas sociales que presenciamos diariamente.
Verónica Rocha Fuentes es comunicadora.Twitter: @verokamchatka







