La vicepresidenta Kamala Harris, quien estaba en su primer periodo como senadora por el estado de California antes de llegar a la Casa Blanca, no ha tenido el tipo de experiencias de inmersión o tareas continuas de alto perfil que profundizarían y ampliarían sus habilidades de manera que los estadounidenses pudieran verlas y apreciarlas. En los últimos 19 meses, su capacitación en gobernanza en el trabajo ha incluido en general temas intratables como la migración y el derecho al voto, en los que no ha mostrado un crecimiento comprobable en liderazgo, y viajes mal planeados al extranjero como la incursión accidentada en Centroamérica hace un año y la empresa más exitosa de reunirse con el nuevo presidente de los Emiratos Árabes Unidos, en la que encabezó a un equipo que incluyó al secretario de Estado, Antony Blinken, y al secretario de Defensa, Lloyd Austin.
Si otros presidentes han formado verdaderas alianzas en el cargo con sus vicepresidentes y se han esforzado por profundizar su experiencia, el presidente Joe Biden y Harris no han podido hacerlo o no les ha interesado llevar a cabo una transformación similar. El anuncio de Biden de que dio positivo al coronavirus subraya la necesidad clara y presente de que el líder de 79 años, sus asesores y Harris encuentren formas para que ella se vuelva una verdadera socia gobernante, en lugar de ser solo la compañera de fórmula que lo ayudó a ganar la elección. No se trata simplemente de ser justo con Harris o elevarla como se ha elevado a otros vicepresidentes; los estadounidenses merecen saber y ver que tienen una vicepresidenta a quien la Casa Blanca y los funcionarios del Gobierno consideran capaz para asumir el cargo en caso de que algo le suceda al Presidente. En cambio, hemos visto prácticamente lo contrario.
Harris no tiene la culpa de su relativa escasez de experiencia nacional e internacional: llevaba menos de cuatro años en el Senado cuando Biden la seleccionó, y lo hizo sabiendo que nunca había ocupado un cargo ejecutivo. No obstante, en los casi dos años desde que Biden nombró a Harris su compañera de fórmula en agosto de 2020, nos hemos dado cuenta de que sus vínculos con Biden y los funcionarios clave del Gobierno son relativamente frágiles.
Ella ha sido blanco de reportajes negativos sobre el desorden y la rotación de su personal, su molestia porque el personal de la Casa Blanca no se puso de pie cuando ella entró en una habitación o incluso su malestar en algunas entrevistas con los medios. También se ha enfrentado a los dobles estándares respecto a cómo la ven y la juzgan, como les ocurre a muchas mujeres y personas de color, incluso cuando son las “primeras” en algún puesto.
Hoy, no solo son temas de discusión la edad y la salud de Biden, más después de que se enfermara de COVID-19, sino también si se postulará para un segundo mandato. En los últimos seis meses, con el índice de aprobación de Biden en caída libre, decenas de estrategas y funcionarios demócratas han expresado dudas sobre sus deficiencias como líder y su viabilidad como candidato; algunos quieren que Biden se retire, y cuanto antes mejor. En una época de inflación que no se había visto en décadas, tiroteos masivos y una pandemia persistente, muchos demócratas ven con temor las elecciones de noviembre.
Esas también son malas noticias para Harris, cuyo desempeño deficiente como candidata presidencial en 2019 la llevó a retirarse antes de las asambleas electorales de Iowa. Las declaraciones de Biden de que volverá a postularse solo parecen alentar a sus oponentes. La ausencia de Harris en el Poder Ejecutivo, como gestora de crisis y formuladora de políticas, la deja como una heredera natural muy débil. Los demócratas, si no es que otros estadounidenses, se beneficiarían si Harris pudiera aportar un conjunto convincente y variado de experiencias e ideas de su tiempo en la Casa Blanca a la competitiva contienda presidencial primaria demócrata para brindar opciones más sólidas a los votantes y añadir sustancia al debate.
Es probable que la campaña presidencial de 2024 sea inusualmente desagradable, no solo con peleas sobre los temas polémicos de siempre, sino con muchos republicanos dispuestos a repetir sin vergüenza ni pudor las mentiras de Donald Trump sobre la validez de las elecciones de 2020 y, por ende, sobre la legitimidad de la democracia estadounidense. Con el Gobierno bajo el asedio de una nueva clase de enemigos internos y con más de dos años antes de las próximas elecciones presidenciales, Biden no solo debe encontrar la manera de infundir entusiasmo y un nuevo propósito a su partido, sino también cumplir con la obligación urgente que tiene con su partido y la nación de acelerar y promover la preparación y la autoridad de su vicepresidenta.
Jeffrey Frank es columnista de The New York Times.







