Harry Styles, el príncipe del pop de este verano, se ha ganado su corona plasmando las fantasías de millones de personas y dándole un enfoque aparentemente innovador a la proyección de la identidad sexual diversa. Mientras hace crecer su reino y conquista la cultura pop, Styles también ha sido acusado —en sus dos últimos lanzamientos discográficos— de utilizar la identidad queer para pulir su fama sin declararse explícitamente queer.
Las actuaciones de Styles (y el desorbitado precio de las entradas) hacen que su identidad sea un tema de nuestra incumbencia. Sube al escenario con lo que se ha convertido en un símbolo de resistencia apto para grandes empresas: la bandera arcoíris. También integra símbolos menos evidentes de su posible identidad queer: flores de tamaño considerable en la solapa (como las que lucía Oscar Wilde); un retal azul que cuelga provocativamente de un bolsillo trasero (como los que buscan ligue en el Village de Nueva York); las palabras Never Gonna Dance Again tatuadas en los pies (lo que cantaba George Michael, gay no declarado, primero, y después orgullosamente declarado).
Sin embargo, cuando habla, Styles nos dice cosas muy distintas. Se ha negado sistemáticamente a declararse queer o a atribuirse cualquier otra etiqueta cuando la prensa le ha preguntado. Este año, en un perfil publicado en la revista Better Homes & Gardens, dijo sobre la orientación sexual: “He sido muy transparente con mis amigos, pero esa es mi experiencia personal; es mía”. Como una persona queer, me resulta imposible mirar el modo en el que Styles utiliza nuestros símbolos con tal destreza, constancia y precisión y no ver esos símbolos por lo que seguramente sean: una prueba de que es uno de nosotros. Quizá no soy lo bastante cínica para creer que cualquiera podría atreverse a ganar tantísimos millones apropiándose flagrantemente de la cultura queer. O tal vez me falta imaginación para adivinar algún otro significado —la solidaridad como aliado, posiblemente— a partir de sus actuaciones. Sin embargo, aunque el carácter queer de Styles resultara ser nada más que un espejismo, no puedo evitar pensar que es mejor equivocarse siendo crédula y receptiva que tener razón siendo una cruel guardiana de las esencias.
Al exhibir los símbolos queer como él lo hace, Styles podría estar tratando de lidiar con una cultura y su armario como mejor puede. Sin embargo, también les envía a los jóvenes, a los fans que se hacen preguntas, el mensaje de que es aceptable, quizá incluso deseable, rechazar el mantra de Harvey Milk que ha guiado a muchas personas en la comunidad LGBTQ en nuestra lucha por la libertad colectiva: “Todos los gays deben salir (del armario)”.
Si nuestra comunidad busca la verdadera liberación, la actitud queer de Styles —“no preguntes, no digas”— no es algo a lo que debamos aspirar. Más bien debería ser algo que deberíamos lamentar.
Salir del armario debería ser un acto de resistencia política, pero también es una celebración. Exclamamos al mundo: “¡Estoy aquí! ¡Soy queer! ¡Debes aceptarme!”. Quizá no sea siempre un mensaje aceptable y vendible, pero, si ofende a quienes nos odian, entonces debemos decirlo bien alto. Al margen de cómo se identifique, si Styles quiere bailar con nuestros símbolos, haría bien en prestar más atención a sus significados políticos, sueñe o no con nosotros por la liberación.
Anna Marks es columnista de The New York Times.







