A raíz del cambio de normas de edificación para 10 zonas de la ciudad y las reacciones de sectores de la población, voy a recordar experiencias personales relacionadas con esta temática.
Hace ya 25 años, el 3 de noviembre de 1997, estuve en un debate sobre el destino de la ciudad de La Paz en un conocido programa de televisión. En ese debate me encontraba frente a un importante empresario del negocio inmobiliario (con varios edificios tremebundos y mediocremente construidos). Desde el arranque expresé mi convicción en algunos temas como: el futuro de la ciudad, el medioambiente y la pérdida de sensibilidad colectiva ante el fenómeno urbano. El empresario, que tenía estudios de filosofía, urdió una defensa que ahora la puedo calificar como cínica pero apropiada para un público encantado con el palabrerío seductor de los políticos. Como pez en el agua, el empresario alegó que contribuía a esta ciudad mucho más que mi persona al construir edificios porque, según su afirmación más desvergonzada: “la ciudad era un hecho económico”. Los demás temas como el futuro, el medio ambiente, la belleza, etcétera, eran secundarios y debían discutirse “democráticamente” sin ver el mundo como yo, en “blanco y negro”.
Mi intervención fue malentendida por una teleaudiencia ávida de debates televisivos con más bullicio e injurias que ideas. Pero la experiencia más dura fue escuchar a mi gremio —algunos amigos arquitectos y arquitectas también— condenando mi presentación y apoyando la pendejada del depredador urbano. Posteriormente, el moderador del programa escribió una nota periodística acerca de la imposibilidad de la estética en esta ciudad. Con todo ello en el coco y el hígado escribí La Paz ha muerto (1997), un breve texto que en clave metafórica sugiere la muerte de La Paz, como ciudad boliviana del siglo XX, y que ahora es el tiempo de Chuquiago Marka.
Desde entonces mucha agua sucia pasó por el Choqueyapu. El moderador dejó la televisión, el empresario constructor migró a otra ciudad y yo sigo escribiendo sobre esta realidad urbana. Pasaron procesos políticos y alcaldes de todos los colores y estilos, y el tiempo me está dando la razón. Enumero algunas constataciones: Primera, esta ciudad crece y muere —cíclicamente— sin considerar su futuro y sin atisbos de sensibilidad. Segunda, seguimos depredando nuestro sitio construyendo un horroroso paisaje urbano. Tercera, izquierdas, centros y derechas estamos sometidos a un modelo de capitalismo salvaje de hacer ciudad. Y como se quejan de 40 pisos políticos y políticas que enmudecieron ante los bodrios en la plaza Murillo va la cuarta: seguimos practicando la politiquería como hace 25 años.
Carlos Villagómez es arquitecto.







