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Me equivoqué

Como crecí en Turquía, viví mi niñez a la sombra de una fuerte censura y me sentí fascinada por lo que las nuevas tecnologías significarían para el mundo y en especial para la libertad de expresión y el disenso. Ingresé a una escuela de posgrado en Estados Unidos. Tenía un especial interés en las relaciones […]

TRIBUNA
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Por Zeynep Tufekci
TRIBUNA
La Paz / octubre 5, 2022
en Voces

Como crecí en Turquía, viví mi niñez a la sombra de una fuerte censura y me sentí fascinada por lo que las nuevas tecnologías significarían para el mundo y en especial para la libertad de expresión y el disenso. Ingresé a una escuela de posgrado en Estados Unidos. Tenía un especial interés en las relaciones entre la tecnología, el disenso y las protestas. Sin embargo, la reacción del gobierno de George W. Bush al 11 de septiembre cambió la manera en la que pasé mi tiempo.

Después de 2001, me metí de lleno al movimiento para detener una guerra infundada, que se suponía que era una respuesta a terribles actos de terrorismo. Al ser de la región, conocía bien la brutalidad de Sadam Husein. Pero también pensaba que una guerra de grandes proporciones y la ocupación militar de un país del Medio Oriente, con base en acusaciones poco sólidas y pruebas endebles serían catastróficas.

Sin duda, esa inmensa ola de protesta —quizá la más larga de la historia— ayudaría a detener la marcha imparable hacia aquella guerra mal aconsejada. Todos sabemos qué sucedió. Pero me tomó años de estudio descifrar el cómo y el porqué. La primera pregunta que me hice fue por qué tantos otros y yo esperábamos que las protestas influirían de manera inevitable en las decisiones del Gobierno. Nos parecía que era cosa de sentido común, pero, ¿cuál sería el mecanismo para que el poder del pueblo se transformara en un cambio de políticas? En el caso de la invasión de Irak, algo no había funcionado tan bien.

Empecé a entender mejor la razón menos de una década después, cuando comenzó una nueva ola de protestas mundiales: las revoluciones de la Primavera Árabe en todo el Medio Oriente, el movimiento Occupy en Estados Unidos y muchos más. Todos ellos parecieron surgir de la nada y crecer con rapidez, valiéndose de los poderes de la tecnología digital. A medida que estudiaba muchos de esos movimientos, observé que existían patrones comunes. Los grandes movimientos que surgieron con rapidez a menudo perdieron el rumbo una vez que llegó el inevitable rechazo. No contaban con las herramientas necesarias para navegar por la traicionera fase siguiente de la política, porque no habían necesitado construirlas para llegar a ella.

En el pasado, una marcha realmente multitudinaria era la culminación de una organización a largo plazo, el signo de exclamación al final de una frase, que indicaba una planificación previa y fuerza. Pero desde principios de la década de 2000, una gran protesta ha empezado a parecerse más a una frase que empieza con un signo de interrogación. Así que concluí que aunque las grandes manifestaciones de hoy se ven igual que las del pasado, los diferentes mecanismos que las producen ayudan a determinar si los gobiernos o las autoridades las verán como una amenaza verdadera o solo como algo que puede desestimarse con el argumento de que es un grupo focal. Esto no quiere decir que he llegado a pensar que las protestas son inútiles o que las grandes marchas no tienen sentido. Lo tienen.

En 2003, durante aquellas protestas contra la inminente invasión de Irak, los demás manifestantes y yo estábamos alarmados por el pensamiento colectivo que observábamos entre los políticos y los medios de comunicación sobre los motivos y la necesidad de la guerra. Las pruebas que ofrecían parecían débiles a todas luces y sus hipótesis sobre cómo se desarrollaría la guerra eran muy ajenas a la comprensión realista de la situación.

Pero nosotros también teníamos nuestra propia versión del pensamiento ilusorio que teñía nuestro juicio. Por supuesto, nuestro nivel de culpabilidad no era similar, ya que no pudimos detener una catástrofe a pesar de haberlo intentado, en comparación con el hecho de haber iniciado una a partir de pruebas deficientes y poco sólidas, pero nos sirvió de lección. Estar en el lado correcto de la historia no nos libra de los análisis débiles ni de la tentación de confundir lo que colectivamente esperábamos que fuera cierto con un examen de cómo fueron las cosas en realidad.

Zeynep Tufekci es columnista de The New York Times.

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