El ciudadano común conoce su urbe, la recorre, la siente, la imagina y es el personaje determinante que construye la vida citadina. Esto, porque diariamente la descubre, y podríamos asegurar que aun sin verla sería capaz de describirla gracias a la apropiación de sus distintos significantes.
Y son justamente las experiencias las que llevan a definir a la ciudad como el escenario de lo urbano. El lugar de encuentro apoyado por la riqueza de ciertas expresiones que forman parte de la construcción de su identidad.
Ya desde el inicio de la época moderna, pensadores urbanos valoraron esas nacientes manifestaciones de la población y descubrieron que lo incógnito es el mayor valor que colabora en la cimentación de la singularidad expresiva de lo urbano. En este caso, la música callejera.
La ciudad de La Paz cuenta con una vida urbana por demás efervescente, en la que algunos de sus habitantes son los personajes que aprovechan en mostrar —en fragmentos de tiempo— cómo la expresividad artística musical se apropia de cada lugar. Momentos en los que crean pequeños espectáculos que extraen sensaciones únicas y hasta emotivas gracias a los sonidos de sus instrumentos, a los que acompañan, en ciertos casos, con el canto.
Innegablemente, la ciudad vivida es un artificio, un constructo humano que pone en sus marcas vivibles la impronta de una realidad atiborrada de situaciones distintas y sumamente creativas. Un valor que no se apoya en fisiografías artificiales disfrazadas con ropaje de ciudad imaginada, sino todo lo contrario, muestra la realidad de este momento en que parte de la sociedad busca distintos medios de subsistencia.
Es justamente ese imaginador de valores y significados urbanos quien encuentra en La Paz, especialmente en la zona central, el espacio apropiado para la práctica de diversas expresiones artísticas, entre ellas las musicales. Con ello, convierte a la ciudad en el escenario público que es capaz de parar el tránsito del caminante para que aprecie ese pequeño espectáculo musical que nace de rincones inimaginables. Llama la atención que las voces pertenecen, en algunos casos, a niños que le cantan a la ciudad. Voces cuyo timbre no podría pasar desapercibido.
Esas muestras musicales se asemejan a las que existen en las grandes ciudades europeas, con la diferencia de que allí esas manifestaciones alegran, por ejemplo, los ingresos al metro (transporte subterráneo).
No resulta descabellado que en la ciudad de La Paz se vaya descubriendo valores a través de esas actuaciones, que no solo le otorgan una cualidad artística al espacio público del recorrido (la calle), sino que representan uno de los medios en los que se esconde talento singular.
Independientemente de aquello, muy poca gente ve en el canto otro sistema de comunicación históricamente ligado al lenguaje. En el caso de los artistas callejeros, esa expresión urbana que desarrollan en las calles podría enseñarnos bastante sobre el modo de percibir el mundo que tienen y, consiguientemente, comprender las vivencias que desgranan en sus canciones en el único espacio que pueden expresar su arte, las calles.
La ciudad de La Paz es una urbe cuya población cuenta con valores musicales encomiables, que demuestran cómo ese arte eleva su condición de sociedad creativa gracias al talento innato presente en ella.
Evidentemente, los pequeños territorios que la conforman no tienen una característica fija ni única; sin embargo, cuentan con el significado musical, esencial y propio de nuestra cultura.
Patricia Vargas es arquitecta.







