En marzo, Rishi Sunak fue fotografiado cargando gasolina a un coche en la gasolinera de un supermercado. La finalidad era, por supuesto, autopromocionarse: Sunak estaba deseando publicitar su papel, como ministro de Finanzas, en la reducción del precio del combustible, pero le salió mal la jugada.
El coche, un modesto Kia Rio rojo, no era suyo (pertenecía a un empleado del supermercado). En la gasolinera, Sunak siguió poniéndose en evidencia al no tener ni idea de cómo hacer un pago con tarjeta sin contacto. Como dramatización de lo lejano que Sunak está de la vida común y corriente, es inmejorable.
Ese desapego se pondrá ahora a prueba. Tras conseguir el respaldo de su partido, Sunak se estrena como primer ministro del Reino Unido. De entrada, cuenta con muchas ventajas: el desastroso mandato de 44 días de Liz Truss demostró que Sunak había sido notablemente clarividente en sus advertencias sobre los “cuentos de hadas” económicos; cuenta con el apoyo de la mayoría en un grupo parlamentario conservador muy dividido en facciones; y su ascenso —propiciado por su buena comprensión de la economía— ha calmado a los mercados financieros.
Sin embargo, a pesar de la imagen de serenidad y competencia que da Sunak, sigue estando muy alejado de la realidad del país que gobierna. Ese país, con su estancamiento económico, su desequilibrio regional y socialmente castigado, necesita imperiosamente un liderazgo compasivo. Es improbable que el Reino Unido lo consiga con Sunak, un devoto convencido del objetivo thatcherista de minimizar la intervención del Estado, y al que no parece preocuparle las vidas de la mayoría.
Es un mal momento para que el país esté en sus desapasionadas manos. La inflación se sitúa por encima del 10%. La calidad de vida se ha deteriorado, y los británicos han experimentado la mayor caída del ingreso disponible desde que se tienen registros. Por primera vez, se dice que la demanda de bancos de alimentos supera la oferta. Los cortes de suministro energético podrían llegar en enero. En abril, tras otra subida de las facturas, el número de personas en la pobreza energética podría alcanzar los 10,7 millones. Los retrasos de las ambulancias son ahora una “amenaza para la vida” palpable. La economía está anémica, y se prevé que experimentará la mayor inflación y las menores tasas de crecimiento del Grupo de los Siete el año que viene.
Estos males son resultado de unos profundos problemas sistémicos, sin duda; pero Sunak es cómplice de todos ellos. En ningún momento mostró interés serio en abordar, desafiar o rectificar estos problemas. Su postura ante la desigualdad regional, una de las peores entre los países desarrollados comparables, resulta instructiva: cuando era ministro, se jactó de amañar las fórmulas del Tesoro para redirigir los recursos desde las “áreas urbanas desfavorecidas” a otras circunscripciones electorales más ricas, sin que importaran sus necesidades. Su promesa de arreglar la economía, lastrada por un agujero de 40.000 millones de libras en las finanzas públicas y enfrentada a unas peligrosas circunstancias económicas globales, no parece sincera.
Tras 12 años en el poder, el Partido Conservador se ha quedado casi sin ideas. Probablemente, Sunak defenderá de buen grado una idea que perdura: sanear las cuentas recortando en gasto social, de modo que será la gente común la que cargue con ello, en vez de los ricos. Al fin y al cabo, Sunak suscribe las ideas thatcheristas de una mínima intervención del Estado, del individualismo y de la contención en el gasto público. Esta tendencia no es ningún secreto. Durante las primarias que ganó Truss el verano pasado, Sunak escribió en The Telegraph: “Soy thatcherista, me presento como thatcherista y gobernaré como thatcherista”.
Naturalmente, es imposible saber con exactitud qué planes tiene Sunak. (No ayuda nada que no compareciera ante los medios durante las primarias de este mes hasta después de haberlas ganado). No obstante, a juzgar por su historial como ministro y por las primarias del verano pasado, es razonable suponer que, en aras de la rectitud fiscal, pondrá freno al gasto público y recortará las ayudas sociales.
Quién sabe si ese enfoque, ejecutado de forma competente y con cierto aire de seriedad, podrá resucitar las posibilidades electorales del Partido Conservador. Pero ahora que comenzó su mandato, una cosa sí parece segura: Sunak, el salvador conservador, no salvará el país.
Kimi Chaddah es columnista de The New York Times.







