Durante los últimos 20 años, he impartido la materia de estudios latinx en la Universidad de Nueva York. Las clases suelen ser para mis estudiantes, muchos de quienes cursan el último grado y son latinos, la primera oportunidad de examinar su propia identidad e historia política. Esto es un recordatorio de la poca información que hay sobre las maneras en las que los latinos han enriquecido la historia de Estados Unidos en los planes de estudio para la escolarización primaria y secundaria, ya ni hablar de la educación superior. Vale la pena mencionar que las personas de ascendencia latinoamericana que viven en Estados Unidos tienen un largo historial de fricción con los distintos términos que se usan para categorizarlas. La etiqueta “latinx” indica una apertura a la inclusión de género y un mayor reconocimiento tácito de nuestra diversidad racial y étnica. Hay quienes se oponen al término, pero al margen de la palabra que elijamos para describirnos, nuestros estudiantes merecen verse representados en sus estudios.
Este deseo de representación es justamente lo que impulsó el desarrollo de un puñado de programas de estudios chicanos y puertorriqueños en escuelas como la Universidad Estatal de California y el College de Brooklyn. Esos programas nacieron del movimiento por los derechos civiles de finales de la década de 1960 y principios de los 70. En los años transcurridos desde entonces, han cambiado su enfoque para reconocer la diversificación de la población latina.
Hoy en día, los estudios latinx son un campo interdisciplinario dinámico con organizaciones intelectuales y revistas arbitradas, que abarca estudios afrolatinos y centroamericanos, entre otros campos en los que los investigadores jóvenes están innovando con disciplinas desde historia del arte hasta estudios urbanos. Estos logros se deben a la ardua labor y el activismo de estudiantes que claman por estudios latinx, así como de miembros del cuerpo docente que se organizan para crear conferencias y eventos que llenan los vacíos en sus universidades.
Y, sin embargo, estos esfuerzos han hecho poco para desafiar nuestra marginación. La invisibilidad de los estudios latinx es dañina sobre todo para los estudiantes latinos, que son el sector demográfico de más rápido crecimiento en las universidades estadounidenses. Hay investigaciones que muestran que, cuando estudiantes subrepresentados aprenden sobre su historia y cultura, tienen un mejor desempeño académico y se gradúan en tasas más altas. Cuando mis estudiantes se ven representados en sus lecturas se sienten empoderados y curiosos por aprender más. La educación superior debe reconocer la centralidad que tienen los estudios latinx en todas las disciplinas y campos. Podemos empezar por contratar a académicos latinos en escuelas y departamentos. Tenemos que invertir en planes y programas de estudio que ayuden a orientar y apoyar a la próxima generación de profesores latinos. Debemos desafiar las disciplinas tradicionales que siguen reacias al cambio y cultivar los espacios interdisciplinarios.
Podemos hacer más que solo celebrar nuestro patrimonio una vez al año, durante el Mes de la Herencia Hispana en Estados Unidos. Nuestros estudiantes merecen aprender que su historia es vasta y que nuestras culturas han dado forma a este país desde antes de su fundación.
Arlene Dávila es columnista de The New York Times.







