Hace 44 años, Deng Xiaoping lanzó el periodo de “reforma y apertura general” que transformó a China de una nación autárquica y pobre a una potencia global emergente. El presidente Xi Jinping terminó con esa era de manera oficial la semana pasada. Xi surgió del Congreso Nacional del Partido Comunista en Pekín con autoridad indiscutida y planes para China que giran en torno a su obsesión con el control y la seguridad, aunque eso implique dañar la economía. Es un cambio de perspectiva trascendental.
La estrategia de Deng Xiaoping para los logros económicos espectaculares de China tuvo dos componentes principales. El primero fue un acuerdo colectivo de liderazgo dentro del Partido Comunista. Deng rechazaba la democracia al estilo occidental, pero las décadas tumultuosas de China bajo el mandato de Mao Zedong le habían enseñado que el gobierno de un solo hombre es peligroso. Él y el partido introdujeron controles y contrapesos parciales en la política en los más altos niveles, incluyendo límites de periodo de mandato. El segundo componente fue un objetivo común de crecimiento económico que, según declaró Deng de manera célebre, sería el principio “rector de China”. Funcionarios en toda China se dispusieron a promover el crecimiento a toda costa, aportando prosperidad, pero también corrupción, desigualdad y contaminación industrial.
La semana pasada en Pekín, Xi desmanteló esos fundamentos. Se aseguró de que seguiría siendo el líder principal de China durante un tercer periodo —si no es que de por vida— y llenó los puestos de liderazgo del partido con funcionarios leales mientras dio amplia prioridad a la seguridad nacional por encima del objetivo del crecimiento económico.
En su discurso al Congreso del Partido en el Gran Salón del Pueblo el 16 de octubre, mencionó la “seguridad” con mucha más frecuencia que la palabra “economía”, un gran cambio respecto del precedente. Fue más allá, y declaró sin ambigüedad que “la seguridad nacional es la base del rejuvenecimiento nacional, y la estabilidad nacional es un prerrequisito para construir una China fuerte y próspera”.
Para los analistas acostumbrados desde hace tiempo al espíritu de crecimiento primordial de Deng, la política de Xi es desconcertante. Los controles de COVID están enfureciendo a los ciudadanos, afectando la economía china, socavando el consumo nacional, interrumpiendo la manufactura y la logística, y alejando a los inversionistas extranjeros y locales por igual. ¿Por qué el líder chino más poderoso en décadas está tan obsesionado con la seguridad y el control de la nación que está dispuesto a sacrificar la economía? La respuesta depende de una serie de desafíos nacionales y extranjeros, algunos empeorados por las decisiones de Xi en materia de políticas.
En política, quizá tema que alguien lo apuñale por la espalda después de hacerse de enemigos mediante una campaña anticorrupción que duró décadas en las que miles de funcionarios —quizá incluyendo a posibles rivales políticos— fueron castigados, y está redoblando la represión debido a su instinto de autopreservación.
En el frente económico, enfrenta crisis complejas con una economía que está ralentizándose drásticamente, un colapso del sector inmobiliario y un desempleo récord entre los jóvenes. Esos problemas se han visto exacerbados debido a los controles de COVID y la campaña de “prosperidad común” de Xi, una estrategia para reducir la desigualdad y abordar el comportamiento monopólico de las grandes firmas tecnológicas y otras compañías privadas, la cual fue enfatizada el año pasado con medidas regulatorias estrictas y abruptas que han alarmado a los inversionistas. La represalia del mercado fue intensa: en cuestión de meses, se evaporó más de un billón de dólares en valores en muchas de las compañías más innovadoras de China.
En materia de política extranjera, Xi ha proyectado una ambición de desafiar el dominio estadounidense.
No cabe duda de que Xi no tiene intención de abandonar por completo el éxito capitalista que rejuveneció a China y le proporcionó respeto e influencia a nivel mundial. Y tiene el mérito de haberse enfrentado a graves problemas que sus predecesores escondieron bajo la alfombra, sobre todo la corrupción y la desigualdad económica. Su visión de una China poderosa, respetada en el contexto mundial, está justificada por el tamaño y el peso económico de su país.
No obstante, abordar esta serie de problemas en China requerirá pasos mesurados que Xi no parece dispuesto a dar. Xi ha hundido a China en un círculo vicioso: un líder orgulloso y autoritario, que no le responde a la sociedad y que no se ve desafiado ni por sus propios asesores, toma malas decisiones de política, lo cual agrava sus problemas, exacerba sus temores de una revuelta y provoca más represión.
Las consecuencias de su decisión de enfatizar la seguridad por encima del florecimiento económico serán globales. La gran revolución capitalista de China bajo el mandato de Deng y sus sucesores ahora es historia. También son historia los primeros 10 años de Xi en el gobierno, cuando al menos había una protección mínima de límites a su poder por parte de los funcionarios moderados no lealistas. China bajo el mandato de Mao y la antigua Unión Soviética demostraron que las dictaduras absolutas fracasan rotundamente al momento de volver a las naciones prósperas y sólidas. Solo traen empobrecimiento y seguridad falsa. Es probable que Xi vuelva a aprender esas lecciones en los próximos años.
Yuen Yuen Ang es economista y columnista de The New York Times.







