A la humanidad la han invadido virus mucho más devastadores que el coronavirus que causa el COVID-19. Los nuevos avances científicos hacen que cada vez sea más fácil identificar los virus de naturaleza peligrosa, manipularlos en el laboratorio y crearlos artificialmente a partir de las secuencias genéticas. Pero, ¿estamos más protegidos con la virología, o menos?
Los científicos estudian principalmente virus sin potencial pandémico. A veces usan virus “seguros” incapaces de infectar a los humanos, o que han sido debilitados en el laboratorio. O estudian virus que ya circulan en los humanos, y que es improbable que provoquen una pandemia si hay un accidente.
Sin embargo, a veces los científicos estudian virus que han saltado puntualmente de los animales a los humanos. A los virólogos les preocupa que pudiera adaptarse y ser capaz de transmitirse entre humanos y provocar una pandemia. Como científicos, queremos probar la eficacia de los virus para infectar células humanas o evadir los contraataques; pero un accidente en el laboratorio podría poner en peligro al científico.
Desde mi punto de vista, no hay ninguna justificación para hacer, de forma intencionada, que virus potencialmente pandémicos sean más contagiosos. Las consecuencias de un accidente podrían ser demasiado terribles, y para las vacunas no se necesitan esos virus modificados, de todos modos.
Los virus naturales que no han infectado aún a los humanos también pueden ser un riesgo si los investigadores intentan encontrar a los más peligrosos y llevárselos al laboratorio para hacer experimentos.
Una última categoría de riesgo pandémico atañe a los virus que antes infectaban a los humanos, pero se extinguieron mucho tiempo atrás, como el virus de la gripe de 1918. Ese virus fue reconstruido artificialmente, y ahora lo estudian una serie de laboratorios para saber por qué fue tan mortífero. Aunque esta investigación es fascinante desde el punto de vista científico, últimamente pienso que el riesgo de experimentar con virus pandémicos extintos no merece la pena.
Hay también algunas zonas grises que no tienen que ver directamente con los virus pandémicos, pero merecen una mayor deliberación.
Una zona gris son los mutantes de virus humanos actuales que escapan de los anticuerpos o los medicamentos. Estudiar esos mutantes es esencial para el desarrollo de las vacunas, y es incluso parte del proceso de revisión de la Administración de Alimentos y Medicamentos para los fármacos antivirales. Pero los científicos deberían evitar generar más mutaciones de las que cabría esperar de una evolución natural en pocos años.
Otra zona gris tiene que ver con la información. Los avances en la secuenciación, la computación y la seguridad de los experimentos permiten realizar unas predicciones cada vez mejores sobre los efectos de las mutaciones víricas. Esta información ayuda a rastrear la evolución, actualizar las vacunas y desarrollar fármacos; pero también se ha vuelto fácil transformar la información en virus de verdad. ¿Y si alguien usa la información para diseñar un experimento bienintencionado pero arriesgado o, aún peor, un arma biológica?
Los accidentes bienintencionados se pueden atajar con la regulación de los experimentos arriesgados, pero esto no sirve para quienes actúan de mala fe. En su mayor parte, no es ningún secreto, puesto que la información sobre cómo crear varios virus peligrosos ya es de dominio público. No obstante, deberíamos controlar la información de más alto riesgo (como crear la viruela a partir de ADN sintético) sin interrumpir la libre circulación de los datos, de la cual depende la ciencia.
En general, la mayoría de la investigación virológica es segura y a menudo beneficiosa. Pero deberían cesar los experimentos que plantean riesgos pandémicos, y en otras áreas se necesita una cuidadosa valoración continua. Varios grupos están desarrollando marcos de trabajo para su supervisión y regulación.
Pero ¿quién debería decidir, en última instancia? Algunos virólogos piensan que nosotros deberíamos tener la última palabra, puesto que poseemos las debidas competencias técnicas. Discrepo en parte. Soy científico. Mi padre es científico. Mi esposa es científica. La mayoría de mis amigos son científicos. Como es obvio, creo que los científicos son geniales. Pero somos tan susceptibles como cualquiera a los sesgos profesionales y personales, y nos puede faltar visión de conjunto.
El estadista francés Georges Clemenceau dijo: “La guerra es demasiado importante para dejarla en manos de los generales”. Asimismo, en lo que respecta a la regulación de la investigación de alto riesgo sobre virus potencialmente pandémicos, necesitamos un enfoque transparente e independiente que implique tanto a los virólogos como al público general, que es quien financia su trabajo y a quien éste afecta.
Jesse Bloom es virólogo y columnista de The New York Times.







