Desde hace muchísimos años el espacio público es el lugar de expresión ciudadana, y prueba de ello es el periodo en que la religiosidad comenzó a redimir a la fe católica, ampliando sus expresiones en las calles de las ciudades. El nacimiento de la exterioridad de esas manifestaciones a partir de la secularización (procesiones) y la subjetivación tornaron al espacio público en un lugar de expresión social. Una realidad que se fue ampliando con nuevos contenidos, que hoy se presentan esencialmente en las protestas sociales masivas.
Así, plazas y calles de los centros urbanos se convirtieron en el lugar de la expresión ciudadana más importante: la de las reivindicaciones sociales. En esos sitios las personas que protestan desvelan no solo sus demandas, sino también sus anhelos y necesidades económicas.
Sin embargo, en los últimos tiempos esas manifestaciones sociales se tornaron desmesuradas debido a la excesiva agresividad que muestran, lo que redujo el valor de su significado y omitió el hecho de que muchas de ellas contribuyeron en la construcción de la historia de esta nación y lograron importantes transformaciones en la sociedad.
Hay que recordar que estudiosos y filósofos afirmaban que el sujeto colectivo solo puede liberarse de una realidad sin porvenir mediante la libre expresión social. Esta última como promesa de la fidelidad a sí mismo.
La Paz es la ciudad más practicada del país en cuanto a la cantidad de marchas políticas que acoge, una realidad que de alguna manera ha incorporado en la vida de su población la comprensión de lo político, que a su vez se traduce en cierta madurez respecto a la acción social.
No faltan ejemplos como el de los cocaleros o los mineros, cuyas expresiones violentas de hace algunos días parecían haber olvidado que los reclamos sociales aún son mecanismos vigentes. Es que la fuerza desmedida y hasta violenta de aquellas protestas denotaron un voluntarismo activista excesivo, quizá más de intereses grupales que de una verdadera lucha social. Esto, porque evidentemente toda manifestación social conlleva la fuerza de un contenido significativo, el cual empero, no necesita convertirse en verdaderamente violento. Una pérdida del valor de las otrora manifestaciones sociales.
En esa línea, toda síntesis pasiva de un universo de significaciones como son las expresiones sociales pareciera recordar lo significante que conllevan sus protestas. Esto especialmente en el caso de los mineros.
Lo singular, y para sorpresa del país, es lo que sucedió en estos últimos días en la ciudad de Santa Cruz, donde se adoptaron las mismas formas de expresión social en el Cristo Redentor. Un estratégico punto urbano de encuentro poblacional que en los últimos años se ha convertido en el lugar más importante de las concentraciones ciudadanas. Y es justamente aquello lo que le ha dotado de una marca singular a su valor urbano. Lamentablemente, no faltaron otras protestas en calles y avenidas, donde la población vivió un exceso de violencia.
Sartre afirmaba que toda expresión social es el medio privilegiado que debiera ser aprovechado para ampliar y consolidar las solicitaciones sociales, sin embargo, es evidente que todo exceso da cuenta de que una estrategia cuando es demasiado violenta no solo fundamenta el atarse a sí misma, sino limita el resolver los problemas.
Mucho más, no debiera olvidarse que una expresión ciudadana pacífica es el medio privilegiado para convertirse en la razón sin límite de las esperanzas de un pueblo.
Patricia Vargas es arquitecta.







