En su libro Sociedades comparadas, el geógrafo Jared Diamond se pregunta por qué unos países son ricos y otros pobres. Estudiando muchos factores, Diamond hace una lista de la que extraigo dos temas pertinentes a nuestra realidad, diría incluso que son razones estructurales de nuestras desgracias. Todo con el ánimo de ampliar nuestra perspectiva que está sometida al binarismo político.
Arguyendo que la renta per cápita de los países ricos es 400 veces más que las de países pobres, el autor nos describe causales, entre ellas, la razón geográfica. Existen países que por sus condiciones naturales son prósperos y otros no, y en los segundos están países con la llamada “maldición de los recursos naturales”. Sufrimos dicha maldición y por ella tenemos una distribución asimétrica de recursos, zonas con altos ingresos, corrupción en los gobiernos de turno, voracidades imperiales, etc. A esa maldición y razón geográfica yo sumaría una causal poco estudiada por las ciencias sociales o la planificación territorial: nuestra escasa densidad poblacional (11 hab/km2) —con enormes diferencias culturales y étnicas—, en un territorio de geografía extremadamente compleja (macizos infranqueables, llanos inundables y mediterraneidad).
El segundo tema que extraigo del libro es el grado de institucionalidad en las diferentes naciones. Remontando su análisis a 3.000 años atrás, Diamond reflexiona sobre la creación histórica y constante de la estructura institucional que algunas naciones tienen y otras carecen por completo. Una buena arquitectura institucional es sinónimo de un país con desarrollo. Hace 200 años que nos vamos aplazando en este tema. Ninguna solución política, sea liberal, nacionalista, militar, neoliberal o socialista ha logrado establecer una sólida institucionalidad, léase un Estado de verdad. Debatimos si somos un Estado fallido, desestructurado, precoz, etc., por causas propias o por la herencia institucional colonial (tema citado por Diamond).
La ecuación entre razón geográfica/población escasa y diversa/ institucionalidad precaria genera los problemas que vivimos a diario, tanto en las ciudades como en el campo. Y son temas que los técnicos planificadores o los visionarios políticos nos dicen que pueden resolver; pero son dos siglos de infructuosos ensayos, de cantos de sirena, acompañados de una sangría histórica entre hermanos.
Nuestro desafío estructural es cómo reconfiguramos un Estado con las condiciones de base descritas. ¿Debe ser plurinacional, republicano, federado, con migraciones, ancestral, profundamente autonómico? o quizás, mediante procesos futuros que, por el momento, no podemos ni imaginar.
Carlos Villagómez es arquitecto.







