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¿Este es el fin de la criptoindustria?

Eventos recientes han hecho evidente la necesidad de regular a la criptoindustria, que creció de la nada hasta alcanzar una capitalización de mercado de $us 3 billones hace un año, aunque la mayor parte de ese valor ya se evaporó. El problema es que también parece probable que esta industria no logre sobrevivir la regulación. […]

Tribuna
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Por Paul Krugman
TRIBUNA
La Paz / noviembre 23, 2022
en Voces

Eventos recientes han hecho evidente la necesidad de regular a la criptoindustria, que creció de la nada hasta alcanzar una capitalización de mercado de $us 3 billones hace un año, aunque la mayor parte de ese valor ya se evaporó. El problema es que también parece probable que esta industria no logre sobrevivir la regulación.

Así se ha desarrollado la historia hasta ahora: la criptoindustria alcanzó su máxima fama entre el público el año pasado, cuando apareció por primera vez en pantalla el comercial en el que Matt Damon dice que “la fortuna favorece a los valientes”, patrocinado por la casa de cambio con oficinas en Singapur Crypto.com. En esa época, el bitcóin, la criptomoneda más famosa, se vendía por más de $us 60.000.

En este momento, el valor del bitcóin es de menos de $us 17.000. Así que las personas que compraron la criptomoneda después de ver el anuncio de Damon han perdido más del 70% de su inversión. De hecho, como la mayoría de las personas que compraron bitcoines lo hicieron cuando el precio era alto, la mayoría de las personas que invirtieron en bitcoines —alrededor de tres cuartas partes de los inversionistas, según un nuevo análisis del Banco de Pagos Internacionales— han perdido dinero hasta ahora.

Lo cierto es que el precio de los activos baja todo el tiempo. Quienes compraron acciones de Meta, la empresa que antes se llamaba Facebook, al tope de su valor el año pasado han sufrido pérdidas casi de las mismas proporciones que quienes invirtieron en bitcoines.

Así que la caída de precios no significa forzosamente que las criptomonedas estén perdidas. Sin duda, los seguidores de las criptomonedas no se darán por vencidos. Según un informe de The Washington Post, muchas de las personas que se suscribieron a Twitter Blue Verified, el desastroso intento (ahora en pausa) de Elon Musk para sacarles dinero a los usuarios de Twitter, eran cuentas que promovían política de derecha, pornografía y especulación de criptomonedas.

Más revelador que los precios ha sido el derrumbe de las instituciones de la criptoindustria. La más reciente, FTX, una de las mayores casas de cambio, anunció declararse en quiebra y, al parecer, quienes la operaban sencillamente huyeron con miles de millones de dólares de los inversionistas, fondos que quizá utilizaron para intentar apuntalar, sin éxito, a Alameda Research, empresa perteneciente al mismo grupo.

Sin embargo, después de 14 años, las criptomonedas casi no han logrado ningún avance en su objetivo de adoptar el papel tradicional del dinero. Son demasiado peculiares para poder utilizarlas en transacciones ordinarias. Su valor es muy inestable. De hecho, relativamente pocos inversionistas están siquiera dispuestos a guardar sus claves criptográficas, pues el riesgo de perderlas, por ejemplo, si las guardan en un disco duro que termina en un vertedero, es muy grande.

Por eso, la mayoría de las criptomonedas se compran a través de casas de cambio como Coinbase y (sí, efectivamente) FTX, que aceptan tu dinero y guardan los tókenes de criptomonedas por ti.

Estas casas de cambio no son nada menos que —atención— instituciones financieras, cuya habilidad de atraer inversionistas depende nada menos que —de nuevo, atención— de la confianza de esos inversionistas. En otras palabras, en su evolución, el ecosistema de las criptomonedas se ha convertido exactamente en aquello que supuestamente quería remplazar: un sistema de intermediarios financieros cuya capacidad de operar depende de la confianza que proyecten.

Si es así, ¿qué caso tiene? ¿Qué valor fundamental tendría una industria cuyos méritos, en el mejor de los casos, se limitan a reinventar la banca convencional?

Peor aún, la confianza en las instituciones financieras convencionales se basa en parte en la validación del “tío Sam”: el gobierno supervisa a los bancos, regula los riesgos que pueden tomar y garantiza muchos depósitos; en cambio, las criptomonedas operan prácticamente sin ninguna supervisión. Por eso, los inversionistas dependen de la honestidad y competencia de los empresarios; cuando los acuerdos que ofrecen son extraordinariamente ventajosos, los inversionistas no solo deben creer en su competencia sino en su genialidad.

¿Cómo ha funcionado hasta ahora? Como a los partidarios les encanta recordarnos, las predicciones anteriores sobre el fracaso inminente de las criptomonedas han sido erróneas. De hecho, que los bitcoines y sus monedas rivales no puedan utilizarse en realidad como dinero no quiere decir que no tengan ningún valor; después de todo, podría decirse lo mismo del oro.

Pero si el gobierno por fin se decide a regular a las firmas de la criptoindustria, lo que, entre otras cosas, les impediría prometer rendimientos imposibles de obtener, es difícil identificar alguna ventaja que puedan ofrecer en comparación con los bancos ordinarios. Incluso si el valor del bitcóin no cae hasta cero (cosa que todavía podría ocurrir), hay muchos motivos para esperar que la criptoindustria, que lucía tan imponente hace apenas unos meses, termine en el olvido.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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