Si quienes acostumbran hacer una lista de buenos propósitos quisieran tener un santo patrón, una buena opción sería Samuel Johnson (1709-1784), quien se pasó la vida haciéndose propósitos e incumpliéndolos, según él mismo admitió. Al leer sus diarios, quizá suspiremos al vernos reconocidos en ellos, ya que, de tanto en tanto —en Año Nuevo, en Pascua y en su cumpleaños— Johnson renueva sus intenciones de levantarse pronto, de ser más estudioso, de moderar su ingesta de comida y alcohol, y se lamenta de haber descuidado esas mismas intenciones el año anterior.
Para Johnson, sin embargo, la cuestión crítica no era si había logrado grandes cosas, sino más bien si las había logrado de forma proporcional a sus talentos y su limitado tiempo. Era hiperconsciente de la mortalidad —en su reloj había grabado el versículo “Cuando llega la noche, nadie puede trabajar”—, y estaba dolorosamente frustrado por su aparente incapacidad de cumplir siquiera la más fácil de las promesas que se había hecho a sí mismo. Como casi cualquier persona que conozco, le parecía que debía lograr más cosas aún.
Entre tantos lamentos, es fácil pasar por alto el propósito que Johnson sí cumplió, aunque nunca lo puso por escrito, que yo sepa: el propósito de seguir haciéndose propósitos. Quizá se pueda ver como un ejercicio de perseverancia por parte de Johnson, pero yo prefiero verlo como un acto de caridad hacia sí mismo.
Si Johnson es famoso por algo aparte de por sus logros literarios y sus agudos aforismos, es por su espíritu caritativo.
Albergó bajo su techo a una mezcla variopinta de personas dependientes y necesitadas. La determinación de Johnson de seguir proponiéndose metas, a pesar de sus fracasos, explica sin duda todo lo que logró hacer. No es difícil encontrar paralelismos en la vida de otras grandes figuras, y también en la nuestra. El suyo era el consabido caso del que da dos pasos adelante y uno atrás: un progreso vacilante, pero progreso, a fin de cuentas. ¿Cuándo no es el progreso, incluso el revolucionario, dispar e incremental? Y ¿cuándo no es la desesperanza, sobre todo ante la pobreza general y la flagrante injusticia social, un lujo inadmisible?
La lucha personal de Johnson no solo merece ser recordada a la hora de hacernos propósitos personales para ser mejores, sino también al reflexionar sobre esos propósitos colectivos, que se incumplen una y otra vez, o que en algunos casos aún están por hacerse, de atajar males como la destrucción medioambiental y el racismo sistémico. El propio Johnson nos instó a lo segundo con su célebre pregunta a raíz de la Revolución de las Trece Colonias: “¿Cómo es que oímos los más fuertes gañidos pidiendo libertad entre los negreros?”. Conservador en muchos aspectos, tory declarado y contrario a los whigs, supuestamente más progresistas, detestaba el colonialismo, y una vez escandalizó “a grandes varones en Oxford” al proponer un brindis “por la próxima insurrección de los negros en las Indias Occidentales”.
Johnson, aparte de sus propósitos de enmienda y sus brindis incendiarios, también componía solemnes y conmovedoras oraciones. De hecho, casi todas sus resoluciones se acompañaban de al menos una oración compuesta por él. Una de las frases que suele aparecer, escrita de diversas formas, en sus oraciones —más o menos con la misma frecuencia que su propósito de “levantarse pronto”— es: “Dios… que me ha permitido empezar otro año”.
Seamos religiosos o no, la mayoría sabemos cómo es esa embriagadora sensación de gracia y posibilidad implícita cuando se menciona “otro año”. He llegado hasta aquí. Todavía no estoy muerto. Aún tengo una oportunidad, aunque solo sea para cuidar de aquellos para los cuales “otro año” significa otro ciclo de desgracias. Al parecer, Johnson no perdió nunca de vista esa oportunidad. La veía por todas partes a su alrededor, dormida en las cenizas, derrumbada en el fango, y la aprovechaba con compasión. Este Año Nuevo sería mucho más feliz si todos nos propusiésemos hacer lo mismo.
Garret Keizer es escritor y columnista de The New York Times.







