La vida de toda ciudad desde su nacimiento hasta los tiempos actuales ha logrado convertir al espacio público en el único lugar donde se le otorga al individuo el mayor grado de libertad que encuentra en su existencia. Con ello, esos sectores urbanos se tornan en pequeños territorios sometidos a todo tipo de iniciativa ciudadana, pero también de trasiego.
Esto no solo porque allí las concentraciones de personas se muestran como movimientos ciudadanos, sino porque pareciera que el sentido reivindicativo que portan esas manifestaciones conllevan una infinidad de realidades, que algunas veces pueden ser consideradas como detractoras debido a los efectos de furia que producen. Aun así, su valor radica en la fuerza adquirida como espacios democráticos de expresión ciudadana.
De esa manera, esos lugares públicos se transforman en espacios de sentido, donde los cuerpos en libertad los trastocan de lugares casi imperceptibles e invisibles a lugares vivos.
Hauptman afirmaba que si bien la multitud es el símbolo de un héroe dividido en varios personajes típicos, también es capaz de mostrar la actitud de un héroe pasivo a otro movido por sentimientos no siempre encomiables. Así pues, en los espacios públicos que los acogen, los agitadores pueden mutar de seres pasivos a grandes exaltadores de multitudes. Una imagen que en el último tiempo puede apreciarse en las revueltas ciudadanas que tienen lugar en distintas urbes del país.
Movilizaciones en las que se pareciera olvidar que la libertad de las personas encuentra sus límites en el derecho a la libertad de los otros. De ese modo, se podría afirmar que ese ejercicio de libertad no exime la obligación de respetar al otro.
Empero, la co-presencia de una infinidad de personas con distintos intereses e ideologías relata cómo se aprovecha de esos movimientos de carácter reivindicativo para transformar a los espacios públicos en un lugar de batalla campal, olvidando que lugares como el Cristo Redentor, en Santa Cruz, ya tienen construida una historia de espacio democrático. El más relevante de esa ciudad.
En estos últimos días, ese lugar otrora de concentración ciudadana se transformó en un sitio de combate, donde se aprovecha el anonimato para iniciar la violencia y cimentar nuevos significados vinculados con ésta. Una de las figuras predilectas de la alteridad.
La plaza del Cristo Redentor hoy es un testigo que da cuenta de cómo este punto estratégico y de gran significado está signado por la violencia, vale decir que se constituye en un lugar urbano que posee una nueva marca. Durkheim aseveraba que “la potencia caótica de los enfrentamientos puede transformar a un lugar de recurso singular a espacio de gran violencia”.
Es cierto que las ciudades cuentan con escenarios de privilegio, donde tienen lugar todo tipo de actos, también los otrora receptores de escenificaciones festivas; sin embargo, aquellos espacios son transformados en lugares para la exigencia de diferentes reivindicaciones sociales.
Así, en el caso mencionado, una ciudad con identidades e intereses distintos y quizá hasta incompatibles, se está convirtiendo —a fuerza de intercambio de ataques y hechos vandálicos— en una urbe de estos tiempos, una ciudad violenta. En definitiva, la violencia presente hoy en algunas ciudades está transformando a ciertos puntos urbanos relevantes y relatores de expresiones ciudadanas —donde sobresalía un consenso pacífico y de manifestaciones propias— en puntos estratégicos de violentos sucesos donde todo puede suceder.
Patricia Vargas es arquitecta.







