Luiz Inácio Lula da Silva tomó posesión como presidente de Brasil el domingo y, justo después de su juramentación, comenzó oficialmente la carrera para afrontar uno de los problemas más apremiantes del país: frenar la destrucción de la selva amazónica, que se encuentra más cerca que nunca del punto de no retorno del que llevan alertando los expertos desde hace años. Proteger la selva tropical — una de las promesas de Lula durante la campaña— acaso sea el reto más importante de su tercer mandato como líder de Brasil. Será una tarea extremadamente compleja, y por ello Lula necesitará la ayuda de la comunidad internacional. Es crucial que haga frente a criminales medioambientales como madereros, mineros y acaparadores de tierras (grileiros). También que teja alianzas tanto con un Congreso fragmentado como con la élite rural, una parte de la cual sigue cuestionando los compromisos climáticos de Brasil.
En gran medida, la situación de destrucción actual en la Amazonía es herencia del presidente saliente, Jair Bolsonaro, quien desde que asumió el cargo en 2019 debilitó la protección medioambiental e incluso instó públicamente a abrir las tierras indígenas a la explotación comercial.
El gobierno entrante ha dado señales de que derogará las políticas que expandieron la extracción de oro en la Amazonía, un gran problema en las tierras indígenas, y de que se restituirá el sistema de multas ambientales, una importante medida que desincentiva las malas prácticas. Lula también planea fortalecer los órganos federales encargados de proteger la selva, mientras sus ministros han anunciado la creación de una unidad federal policial para investigar a las sofisticadas bandas criminales responsables de la depredación de los recursos naturales.
El nuevo gobierno también reactivará el Fondo Amazonía, un programa de conservación que ha sido crucial para frenar la deforestación pero que fue congelado en 2019. El fondo dispone de $us 600 millones que pueden utilizarse para financiar a la principal agencia de protección ambiental, el Instituto Brasileño de Medioambiente y Recursos Naturales Renovables, y a otros entes federales y estatales.
Otro desafío para el nuevo gobierno será cambiar la mentalidad que aduce que la destrucción de la selva está justificada porque de esta forma se logra desarrollo económico. La Amazonía es hoy un escenario extremadamente complejo, y una parte central de la estrategia de conservación de Lula debe involucrar al mercado global. Los criminales deben enfrentar todo el peso de la ley, pues es una medida disuasoria fundamental, pero para lograr la deforestación cero, el gobierno federal también debe recompensar a los empresarios que respetan las reglas.
La comunidad internacional puede desempeñar un rol crucial en esa estrategia y debe contribuir financieramente (y de manera generosa) al impulso de Brasil para salvar su selva tropical. Una fórmula podría ser en forma de donaciones al Fondo Amazonía, pero también es importante que haya inversiones a largo plazo en cadenas de suministro e industrias que generen puestos de trabajo, muy necesarios para mejorar la calidad de vida de las poblaciones locales y, así, sentar las bases del desarrollo sostenible. China, por ejemplo, podría seguir su modelo de expansión en Asia y África e invertir en la creación de fábricas que le den un valor agregado a los recursos naturales amazónicos antes de que éstos sean exportados.
En el discurso que Lula pronunció en noviembre durante la conferencia climática de las Naciones Unidas, en Egipto, dijo: “Mostremos una vez más que es posible generar riqueza sin incidir en el cambio climático”. Si lo logra, demostrará a los brasileños de a pie y a las élites agroindustriales del país que la prosperidad y la preservación no son solo necesarias en un mundo en crisis climática, sino también son realizables.
Heriberto Araujo es periodista y columnista de The New York Times.







