Desde mi punto de vista —a exactos 1,52 metros de altura—, ser alta es una fantasía de superioridad muy extendida que debería haberse jubilado hace tiempo. La exaltación de la altura tenía sentido cuando facilitaba la supervivencia. Siglos atrás, cuando la necesidad de la autodefensa surgía a diario, si no cada hora, a los altos les resultaba más fácil proteger a sus familias y llevar a casa un buen filete de rinoceronte lanudo. Hoy, los que pueden aguantar un día entero sentados en una silla de oficina llevan a casa cortes de carne envueltos en plástico.
Existe un debate en discusión sobre la estatura de la población y qué conlleva para la prosperidad y la justicia en un país, pero a mí lo que me interesa es qué supone ser baja de estatura a nivel individual. Nuestros éxitos personales no dependen de vencer a otras personas o a animales. Y, aunque así fuese, en la era de las armas de fuego y los drones, ser alto te convierte en un mayor objetivo.
Solo hablamos sobre la baja estatura de forma positiva una vez cada cuatro años, cuando Simone Biles, ataviada en su leotardo, nos deslumbra. Eso ha impedido apreciar las muchas ventajas que disfrutan las personas bajas. En promedio, las personas bajas son más longevas y presentan una menor incidencia de cáncer. Una teoría dice que esto se debe a que, cuanto menor es el número de células, menor es la probabilidad de que alguna se tuerza.
Los bajos también son conservacionistas natos, lo cual es más crucial que nunca en este mundo habitado por 8.000 millones de personas. Thomas Samaras, quien lleva 40 años estudiando la altura y es conocido en los pequeños círculos como el padrino del pensamiento en pequeño, una filosofía apenas conocida que considera que lo pequeño es superior, calculó que, si mantuviésemos nuestras mismas proporciones, pero fuésemos el 10% más bajos solo en EEUU, ahorraríamos 87 millones de toneladas de comida al año (por no hablar de los billones de litros de agua, los miles de billones de unidades térmicas y millones de toneladas de basura).
Las personas bajas no solo ahorran recursos, sino que, a medida que escasean los recursos a causa del aumento de la población de la Tierra y el calentamiento global, quizá sean los más aptos para sobrevivir a largo plazo (y no solo porque podamos caber más en las naves espaciales cuando nos obliguen a salir de este planeta que hemos destrozado).
Mi marido, que mide 1,70 metros, dijo que habría sido más fácil ser alto que tener que esforzarse en desarrollar su ingenio, pero sé que no estaríamos casados si la mandíbula no me hubiese dolido de tanto reír después de nuestra primera cita.
El problema es que seguimos creyendo la misma idea ilusoria de que más siempre suma valor. Me lo explicó mi antiguo endocrinólogo, Alberto Hayek. Cuando localicé al doctor, que ahora está jubilado, le pregunté por qué los padres cuyos hijos no padecen dolencias médicas subyacentes quisieron tratarlos con hormonas del crecimiento. Dijo que, en una sociedad capitalista, es lógico que se quiera ganar altura. “Todo es grande: los edificios, las empresas”, señaló, y después explicó que los padres reflejan la mentalidad de que un mayor tamaño equivale a mejor cuando piensan en su descendencia.
Otra endocrinóloga, Adda Grimberg, directora científica del Centro de Crecimiento del Hospital Infantil de Filadelfia, dijo que, aunque existe un verdadero “altismo”, los padres preocupados creen, equivocadamente, que la altura es la clave del éxito y del sentido de pertenencia. “Hay algunas personas bajas que prosperan y les va fenomenal, que llevan vidas fantásticas, y hay personas altas muy miserables”, dijo Grimberg. “No es la altura, por sí misma, lo que determina el resultado.”
Estoy de acuerdo. Como persona baja, he descubierto que lo único que no puedo hacer es alcanzar cosas de los estantes altos. Pero eso no es un problema en el supermercado, porque a la gente alta le encanta alcanzar cosas: les hace sentir que sus excesivas extremidades todavía sirven para algo.
En algunos rincones del mundo, aún se ensalza la estatura baja. Arne Hendriks, conferenciante y artista que mide 1,95 metros, utiliza la performance y las exposiciones para animar a la gente a acoger la baja estatura. Incluso ha restringido los lácteos en la dieta de sus hijos y solo les permite una mínima cantidad de azúcar para tratar de limitar su crecimiento y ahorrarles así los males que conlleva la altura. “No te confíes demasiado porque seas alto, porque probablemente morirás más joven, tendrás más problemas de salud y estás contaminando más”.
El futuro que yo imagino es distinto: quiero que los hijos de mis hijos sean conscientes del valor de lo bajo. Quiero que presuman de sus cortas piernas, y que cuando uno grite: “¡Yo soy el más bajo!”, el otro se arrodille para ganar ventaja y conteste: ¡No, yo soy el más bajo!”.
Mara Altman es escritoria y columnista de The New York Times.







