Cuando Damar Hamlin sufrió un paro cardiaco durante el partido de Monday Night Football de la NFL la semana pasada, fue como si el mundo se detuviera: tanto en el campo, donde los equipos médicos de emergencia se apresuraron a actuar y los jugadores miraban impactados, como en las televisiones de millones de hogares, donde los aficionados trataban de encontrarle sentido a lo que acababan de ver en tiempo real. Tan solo unos momentos antes, el safety o profundo que lleva un par de años en los Bills de Búfalo había tacleado a Tee Higgins de los Bengalíes de Cincinnati, lo cual produjo un choque violento entre su pecho y el casco de Higgins. Los cardiólogos han especulado que el golpe pudo desencadenar una conmoción cardiaca, una afección inusual que puede ocurrir cuando la pared torácica recibe un impacto en un momento breve y vulnerable en el ciclo del latido, lo cual puede hacer que el corazón pierda el ritmo. El progreso de Hamlin ha sido notable, pero la condición puede ser mortal.
El episodio ha centrado la atención internacional en los peligros físicos del fútbol americano y muchos padres se preguntan de nuevo si deberían dejar jugar a sus hijos y algunos aficionados se han cuestionado si es ético el apoyar a este deporte. Como exjugador de fútbol americano universitario y neurocientífico que durante los últimos 20 años ha pugnado por una mejor protección de los deportistas, me alientan las muestras de apoyo para Hamlin, un jugador talentoso y un modelo a seguir, y para su familia.
No obstante, por alarmante que haya sido su lesión, el aterrador incidente acarrea un riesgo secundario: está centrando la atención en un caso atípico único y dramático en vez de en los males crónicos que representan por mucho el mayor peligro para los jugadores.
Según el Registro Nacional de Conmociones Cardiacas de Estados Unidos, se calcula que se producen entre 15 y 20 casos al año a nivel nacional, normalmente en deportes como el béisbol o el hockey, cuando un proyectil que avanza a gran velocidad golpea un pecho desprotegido. En el fútbol americano, donde los jugadores llevan muchas capas protectoras, un suceso como este es tan raro en la NFL que es probable que no vuelva a ocurrir en nuestras vidas. Mientras tanto, las cardiopatías crónicas y los efectos a largo plazo de las lesiones cerebrales traumáticas han privado a innumerables jugadores de su salud, su felicidad e incluso su vida.
Casi todos los años mueren jóvenes exjugadores de la NFL, en su mayoría linieros, a causa de infartos o cardiopatías. Según un estudio de 2019 de la Universidad de Harvard, los jugadores de la NFL son 2,5 veces más propensos que los jugadores de las Grandes Ligas de Béisbol a que las causas subyacentes o contribuyentes de su muerte sean enfermedades cardiovasculares.
Los científicos creen que los jugadores de la NFL corren un mayor riesgo de sufrir cardiopatías debido al peso que ganan, aunque en su mayor parte sea músculo. Una vez que los jugadores se retiran, es extremadamente difícil perder el peso del fútbol americano, en parte debido al dolor crónico de las lesiones que sufrieron jugando.
Los trastornos neurológicos también son incómodamente usuales entre los exjugadores de la NFL. El daño neurológico a causa de los repetidos traumatismos craneoencefálicos puede estar detrás de los hallazgos relacionados con que los jugadores de la NFL sean tres veces más propensos a morir de esclerosis lateral amiotrófica y 3,5 veces más propensos a morir de Parkinson que los jugadores del Béisbol de las Grandes Ligas.
Los riesgos que sufren los jugadores de la NFL no se limitan a sus años en los equipos profesionales. El riesgo de encefalopatía traumática crónica (ETC) se determina en parte por la cantidad de tiempo que dure la carrera del jugador: mientras más tiempo alguien juegue fútbol americano, es más probable que sufra una mayor cantidad de impactos en la cabeza y lesiones cerebrales traumáticas y corra un riesgo mayor.
Espero que la conversación sobre la seguridad en el fútbol americano que ha inspirado Damar Hamlin vuelva más seguro el juego para los jugadores jóvenes que lo consideran un héroe y quieren seguir sus pasos. También espero que el público se centre en lo que podemos influir, como la forma en que gestionamos los factores de riesgo de las cardiopatías y el momento en el que metemos a nuestros hijos en el fútbol americano con tacleadas. Según un estudio de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés), los jugadores juveniles de fútbol americano con tacleadas reciben un promedio de 389 impactos en la cabeza por temporada.
Damar Hamlin merece cada ápice de nuestra atención, apoyo y respeto por haberse puesto en peligro para nuestro entretenimiento. Sigamos hablando de él, de su familia, de sus compañeros de equipo, de su ciudad y de los aficionados que lo han apoyado, además de todo lo positivo que ha inspirado y representa, incluido el valor de la vida… incluso de las partes de ella que no quedan captadas en cámara.
Chris Nowinski fue atleta y es neurocientífico, es columnista de The New York Times.







