Reemplazo. Una de las principales consecuencias que tiene el hecho de que el Comité Cívico pro Santa Cruz actúe como organización política siendo una entidad con fines cívicos, es que al ponerse en escena sobre el tablero político nacional somete su funcionamiento, naturaleza y características al escrutinio público nacional y eso es exactamente lo que ha ocurrido estas últimas semanas, en las que parte de la agenda política nacional ha sido ocupada por las elecciones que tendrán lugar el día de mañana y que determinarán la nueva directiva de esta instancia. A manera de lectura pedagógica, estas elecciones han permitido “desnudar” la naturaleza de esta institucionalidad ante los ojos del país que pocas veces volteaba hacia las dinámicas internas de esta institución.
Una obviedad como la que menciono en realidad refleja la nueva dinámica a la que a través de los años se ha ido sometiendo nuestra política nacional. Si bien, tampoco es nuevo el hecho de que muchos movimientos y organizaciones sociales ingresan a la arena política, toda vez que gran parte de la idiosincrasia política en el país es la “política en las calles”; en el caso del MAS el modelo es distinto porque la “fachada” de todo el conglomerado es un partido político, una instancia que en nuestro modelo político institucional se encuentra mucho más legitimada para entrar a la competencia electoral. Así, cuando se realiza el mismo escrutinio hacia el MAS en torno a su funcionamiento, la lectura se complejiza al tener que mirar simultáneamente al partido en su institucionalidad y al conglomerado social que es el Pacto de Unidad.
En el otro lado, en cambio, al día de hoy no existe una relación directa entre algún partido político y el Comité Cívico de Santa Cruz. Si bien muchas veces han existido posicionamientos y acciones similares que se han generado dando cuenta de algunas convergencias, algo que va quedando claro tras esta última disputa por el liderazgo del Comité Cívico cruceño es que el campo político cruceño, con las nuevas condiciones del encarcelamiento de su gobernador, saca a flote toda la heterogeneidad de posturas que existen dentro de él, ya sea respecto a su proyecto local, así como respecto a su relación con el poder central y el resto del país.
Ruptura. El hecho de que en la actualidad los proyectos políticos que representan el oficialismo y la oposición nacional se encuentren atravesando escenarios diversos de ruptura es decidor respecto a toda la compleja articulación que implica proponerle al país un proyecto de nación que unifique. Unos resquebrajándose por dentro y otros experimentando rupturas desde fuera; ambos (ojalá) en la búsqueda de poder reunirse en torno al proyecto que represente la mayor cantidad de bolivianidad posible el próximo 2025, he ahí (por ahora) el dilema y, de alguna manera, la coincidencia. Con una diferencia que no es menor: uno tiene por delante a una instancia propia de la política formal: un partido político; y el otro —lo dice el propio Vladimir Peña— aún se constituye en un trampolín para el salto a la política formal. Sin claridad en la aspiración de construcción o cooptación partidaria, la potencia política cívica que da de qué hablar coyunturalmente a la arena política, no encontrará ese correlato en la electoral.
Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.







