Durante mi infancia, mi familia no tenía mucha paciencia con los “nos gustó”, esas parejas que utilizan el majestuoso “nosotros” como si su relación fuera su propio feudo. Por ejemplo, el marido que, cuando le preguntan: “¿Qué te pareció la serie?”, responde: “Ah, nos gustó”. La norma era que, cuando una de estas parejas venía a cenar, mis hermanos y yo teníamos que contenernos hasta que estuvieran afuera de la casa para entonces empezar a burlarnos de ellos. Lo que va, vuelve, y en años recientes yo me he convertido en el objeto de ese tipo de burlas. O debo decir, nosotros, mi esposo, David, y yo, que en el transcurso de nuestra relación de media década nos hemos encontrado, en ocasiones, hablando como el rey y la reina de Genovia.
El problema con el “nos gustó” tiene que ver con la identidad. Sin importar qué tan buena sea tu relación, tal vez no siempre coincidas con tu pareja. Así que, hablar en plural, tiende a percibirse de dos maneras: o no tienes ni idea de lo que piensa en verdad tu pareja (y además no te importa) o les estás echando en cara a todos los demás cuán en sincronía están ustedes dos, que son casi uno mismo. Mi manera de pensar ha cambiado bastante en los últimos años. Pocas cosas han cambiado tanto como el giro radical en la manera en que entiendo las relaciones y la identidad, en la manera en que veo el “nosotros” y la sensación de malestar que lo acompaña. La cultura laica estadounidense pone el yo y la autorrealización en el centro de la vida. Ese énfasis, que ya era omnipresente desde las décadas 1960 y 1970, sigue transformando todos los ámbitos de la vida: por ejemplo, se ha hecho difícil argumentar en la esfera pública algo que no apele al bien último de la felicidad propia. Pero al considerar la pareja sobre todo como un vehículo para la autorrealización individual, hemos perdido el núcleo del ideal romántico del matrimonio: el nosotros.
El psicólogo Scott Stanley define “la nosotridad” como una relación en la que dos personas tienen una conexión profunda que impulsa su sentido de identidad compartida. Si tienes un fuerte sentido de “nosotridad”, te identificas cada vez más con las satisfacciones e insatisfacciones de tu pareja como si fueran las tuyas. Las metas también cambian. La relación ya no es “un mercado cambiario en el que dos individuos compiten entre sí”, escribe, sino “una relación no competitiva que puede maximizar los resultados conjuntos”. El objetivo de la vida ya no es solo realizarte a ti mismo: buscas que el equipo se realice. Existe el riesgo de identificarse en exceso, de que la identidad de la pareja difumine la identidad propia, de que el nuevo futuro de la pareja acabe con los objetivos individuales. Pero me parece que el miedo a este extremo a menudo lleva a las personas a tomar una dirección totalmente opuesta, hacia la soledad, la independencia total, la contingencia.
No sé en qué momento David y yo nos convertimos en “nosotros”. No hubo un momento de iluminación, ni de muerte del ego, ninguna toma de conciencia final de que las fronteras entre él y yo habían desaparecido. En realidad, el “nosotros” es para ambos un estado esporádico, algo que vive en constante tensión con nuestros yoes individuales (quizá más particularmente el mío), a veces subordinado a ellos, a veces por encima de ellos. David cree que algo cambió al casarnos, que la creación legal del “nosotros” también afectó un tipo más profundo de aceptación psicológica. Creo que nuestro “nosotros” es más una acumulación de pequeños momentos. La balanza se inclina, entras a otro marco de referencia y el mundo parece el mismo pero diferente. Por ejemplo, el lenguaje del sacrificio no tiene sentido. No puedes sacrificarte por algo que ya eres. Su alegría no solo es importante para ti porque él es importante para ti. Es tu alegría. Los límites no se disuelven, se vuelven porosos.
Michal Leibowitz es columnista de The New York Times.







