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El problema de Rusia es Rusia

Hace un año, Vladimir Putin reconoció la independencia de las repúblicas separatistas de Donetsk y Luhansk, apoyadas por Rusia, lo que supuso de alguna manera el comienzo de la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania, que comenzó tres días después. Para nosotros, los ucranianos, el mundo nunca volvería a ser el mismo. Sin […]

TRIBUNA
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Por Oksana Zabuzhko
TRIBUNA
La Paz / febrero 23, 2023
en Voces

Hace un año, Vladimir Putin reconoció la independencia de las repúblicas separatistas de Donetsk y Luhansk, apoyadas por Rusia, lo que supuso de alguna manera el comienzo de la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania, que comenzó tres días después. Para nosotros, los ucranianos, el mundo nunca volvería a ser el mismo. Sin embargo, fue otro acto de reconocimiento en 2022, en gran medida olvidado, el que hizo que mi corazón latiera más rápido. El 18 de octubre, el Parlamento de Ucrania declaró la República Chechena de Ichkeria “temporalmente ocupada por la Federación Rusa”.

Cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1991, Chechenia fue una de las dos repúblicas autónomas de la recién independizada Federación Rusa que reclamaron su independencia. Pero los líderes mundiales estaban por entonces bastante hartos de descubrir que todas esas repúblicas unidas que durante décadas habían considerado simplemente unidades administrativas de Rusia —Ucrania, Georgia, Kazajistán y otras, aún más difíciles de pronunciar— parecían ser lugares reales. La conmoción de Occidente ante esta nueva geografía hizo que la independencia de Ichkeria no tuviera la más mínima posibilidad de reconocimiento.

El desmembramiento del Imperio soviético se detuvo en las fronteras de la Federación Rusa, a costa de dos devastadoras guerras chechenas, en las que el Kremlin tuvo vía libre tanto a nivel nacional como internacional. Como resultado, Chechenia-Ichkeria se convirtió en un terreno de prueba para la estrategia militar que se aplica ahora contra Ucrania: la guerra terrorista de Estado.

¿Y si el nuevo totalitarismo de Rusia, me sigo preguntando, no hubiera sido ignorado de manera tan despreocupada por el resto del mundo en la década de 1990? Entonces, para evitarle a la humanidad el surgimiento de un nuevo Hitler, habría bastado con dejar que Rusia siguiera reduciéndose pacíficamente bajo el debido control internacional. Por desgracia, Occidente acordó culpar únicamente al comunismo de todas las atrocidades del régimen soviético. El imperialismo ruso nunca fue identificado como un problema.

¿Podría haber sido —como me incita a creer mi agudeza anticolonial preparada para la guerra— un caso de solidaridad imperialista latente? ¿Fue el placer culposo lo que durante décadas hizo que las élites de los antiguos imperios occidentales sonrieran con indulgencia, en lugar de estremecerse, ante la descarada supremacía colonial con la que Moscú trataba a sus súbditos no rusos? No veo ninguna otra explicación razonable de por qué tantos occidentales se aferraron a la creencia irracional de que la transformación democrática de Rusia estaba a la vuelta de la esquina.

Sin embargo, Rusia no se convertirá en una democracia hasta que se desmorone. Eso se debe a que Rusia no es un Estado-nación, sino el mismo imperio multiétnico premoderno que vivía de la expansión geográfica y el saqueo de recursos hace 300 años, y por tanto está condenada a reproducir, una y otra vez, la misma estructura política estilo pabellón carcelario que por sí sola mantiene unida a la nación.

Un vestigio intelectual del imperialismo del siglo XIX es la idea de que preservar el imperio ruso sería menos catastrófico, en términos de consecuencias humanitarias, que reconocer el derecho a la vida de docenas de pueblos cuya suerte bajo el dominio de Moscú nunca fue otra que la supervivencia, bajo la amenaza de la extinción. Este prejuicio ayudó al imperio a sobrevivir dos veces en el siglo XX, en 1921 y en 1991. Ya es hora de replanteárselo. Y la misma historia se repite. El reclutamiento desproporcionalmente numeroso entre las minorías étnicas de Rusia en 2022, una forma de purga étnica de regiones amotinadas, no fue ni la mitad de debatido que la difícil situación de los oficinistas moscovitas que huyen al extranjero. Las protestas de las mujeres contra la movilización en Daguestán y Sajá también recibieron titulares reveladores en los medios internacionales como manifestaciones en Rusia.

Recuerdo que así se habló de Chernóbil en 1986, como una catástrofe nuclear en Rusia. Gracias, pero no. Nunca más, por favor; la era del imperialismo ha terminado. Si pudiera encontrarse algún resultado positivo en los 12 meses de esta horrible guerra —en decenas de miles de personas asesinadas, violadas y mutiladas, en millones de vidas arruinadas, en el mejor suelo negro de la tierra sembrado de minas, en innumerables tesoros del patrimonio cultural convertidos en escombros— sería que los ucranianos hemos demostrado, todos juntos en un esfuerzo unido de resistencia, que las vidas no rusas importan.

Es una buena noticia, porque eso no ocurría antes, desde luego no en el último siglo. Les da a todos los que hablan en humano, sin comillas, esperanza para el futuro.

Oksana Zabuzhko es escritora ucraniana y columnista de The New York Times.

en tendencia: Rusia

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