¿Alguna vez has experimentado la magia del Sprite de McDonald’s? Con su sabor chispeante, su burbujeo, su no sé qué, que es, por supuesto, la reina de todas las bebidas azucaradas, una estrella en el gran firmamento de los alimentos procesados.
Durante buena parte de mis 24 años, fui un entendido en comida procesada. Hoy, me avergüenzo de admitir que amaba esos alimentos, que los comí sin pensarlo mucho durante la mayor parte de mi vida. Me avergüenza porque ahora “sé más”. Utilizo esta expresión solo porque he recibido una educación social que me ha enseñado que algunos alimentos son “buenos” y otros son “malos”, que lo que como dice algo significativo sobre quién soy.
Esta educación social comenzó cuando fui a la Universidad de Yale. Muchas de las personas que conocí allí no podían distinguir entre los nuggets de pollo de McDonald’s, Burger King o Chick-fil-A. Me avergoncé de que Donald Trump pensara como yo. Su amor por las Big Macs, los Filet-O-Fishes y la Coca-Cola de dieta era inaceptable para los demás. ¿Cómo que sirvió un festín de comida rápida en la Casa Blanca? ¡Sacrilegio!
Sin embargo, en mi caso, que en la Casa Blanca hubiera McDonald’s era como un sueño. Era fácil reírse de las contradicciones entre los gustos culturales de Donald Trump y su condición social, pero entendí que esas mismas contradicciones eran las que lo convertían en un demócrata con de minúscula, en un estadounidense más que se alimentaba de comida procesada, que él llama “la gran comida estadounidense”.
Ahora, mis horizontes culinarios son más amplios. Cuando me mudé a Nueva York en 2021, decidí equipar mi cocina con muchas de las ollas, sartenes y utensilios recomendados por el sitio web Serious Eats. No dejé de comer alimentos procesados. De hecho, puede que los haya comido más. En la vorágine de los últimos tres años, una época llena de pérdidas, incertidumbre y cambios, en la que me gradué de la universidad durante una pandemia y me mudé a Nueva York para empezar un trabajo que se suponía que iba a durar solo un año, busqué arraigo en las comidas de mi juventud. Quería recuperar esa magia, la emoción ante la posibilidad de satisfacción y placer. Así que comí McDonald’s, Little Caesars y Hamburger Helper, intentando alcanzar lo que la escritora gastronómica M. F. K. Fisher describe como esa “calidez, riqueza y fina realidad del hambre satisfecha”. Sin embargo, la satisfacción de antaño no aparecía por ninguna parte. Sentía como si estuviera sentado en una máquina tragamonedas, tirando de la palanca una y otra vez, esperando que este pedido, esta pizza, estas papas fritas me hicieran sentir como si me hubiera ganado la lotería. Pero la comida me sentaba mal. Me picaba la piel, se me revolvía el estómago. Me dolía la cabeza.
Para la segunda mitad de 2022, mi trabajo temporal se convirtió en permanente, renové mi contrato de alquiler y comencé a adaptarme a la vida de un miembro de la clase profesional de alto nivel. Si bien no se había calmado del todo, la vorágine estaba amainando. Por aquel entonces, empecé a tener antojos extraños. Una noche, quería lechuga, con manzanas, nueces… y pollo frío. Tuve que confirmarlo con una búsqueda en Google, pero me di cuenta de que quería una ensalada Waldorf.
Mis gustos culinarios cambiaron junto con mi nivel socioeconómico. He llegado a aceptar que los tipos de comida que comemos y valoramos son una señal para el mundo y para nosotros mismos de lo que somos, de lo que fuimos y de lo que hemos llegado a ser. Me alegra vivir una vida en la que no solo entiendo las referencias a la magdalena de Proust, sino que he comido una (nada menos que en una clase de escritura en el sur de Francia).
Pero estoy en duelo por la pérdida de algo que amaba: desearía que comer un McNugget aún pudiera transportarme a una época de calidez, amor y seguridad, una época en la que no sabía lo que era una magdalena, cuando no sabía más.
Adrián J. Rivera es columnista de The New York Times.







