Unas son del altiplano, son aymaras, deben defender sus cultivos de papa, haba, oca, de las heladas y las sequías. Las otras son de la Amazonía, son tacanas, las inundaciones pueden terminar con sus cultivos de asaí, copuazú, o las sequías pueden ocasionar una baja producción de castaña, su principal cultivo. Son mujeres productoras, la mayoría de entre 28 y 40 años, son madres solteras, jefas de hogar, decididas a salir adelante con su familia y sus comunidades.
Ellas no se conocen, ni saben de sus realidades tan parecidas y tan distintas al mismo tiempo, tuve la suerte de convivir con ellas en sus propios espacios y escuchar el relato de sus vidas en medio de sus campos, con sus propios colores, las del altiplano cubiertas con todos los tonos de tierra, estirando la manta hasta la quijada para que el frío no les llegue. Las del trópico, de encendidos colores, rodeadas de verde, hablan golpeando en el aire para impedir que los cientos de bichitos se deleiten en sus brazos.
Se nota el liderazgo que ejercen como concejalas, representantes de sus organizaciones, de sus redes de productoras. Para ninguna de ellas, ni las del frío ni las del calor fue fácil cumplir con su derecho a la educación. La mayoría terminó primaria y tuvo que esperar que sus hermanos varones salgan bachilleres y vayan al cuartel para que ellas continúen sus estudios, aunque la mayoría no volvió a las aulas.
Las que salieron bachilleres, tuvieron que realizar grandes esfuerzos para conseguirlo, no había CEMA (educación alternativa y especial), escuché cómo una de ellas reunió 40 integrantes para que funcione uno de estos centros. En su recorrido por las comunidades reclutando a los futuros estudiantes conoció todo tipo de historias, esa experiencia la llevó a ser concejala. Es alucinante escuchar que en algunos de los municipios del trópico hay dos aulas: una para primaria y otra para secundaria, por tanto, dos profesores que dan clases de todas las materias y ciclos dividiendo a los estudiantes por días o por horas.
Estas mujeres, las del frío y las del calor, almacenan saberes que hacen posible seguridad alimentaria en el país, recuperan variedades de papa que estaban en extinción, siembran verduras que van directamente a las mesas familiares, seleccionan plantas medicinales, las otras en cuanto termina la época de recolección de la castaña continúan su trabajo en sus chacos, siembran y cosechan yuca, arroz, plátano, crían a sus animales, pescan en sus ríos, se curan con plantas cuyos nombres son desconocidos para los occidentales. Todas ellas hacen posible que la tierra produzca, se esfuerzan a diario para transformar los frutos de la tierra en alimento que reproduce la vida.
Lucía Sauma es periodista.







