Sin alcanzar la categoría de pandemia, los contagios que se producen entre humanos por virus o bacterias también pueden aplicarse a las ideas, una idea engañosa se contagia pese a un barbijo, porque su adopción requiere del convencimiento personal para admitirla como verdadera o parcialmente válida. Este fenómeno se constata por ejemplo en el uso indiscriminado de dióxido de cloro para tratar el COVID-19, práctica generalizada por el discurso reiterativo de personas que carecían de la suficiente evidencia, además de los conocimientos, para recomendar su ingesta.
Por la larga experiencia de derrumbes en la ciudad de La Paz, los argumentos para permitir edificaciones elevadas en zonas riesgosas también reúnen las características de una mala idea comprobada, la pintoresca coincidencia de varios concejales (probablemente contagiados) para sustentarla abría la posibilidad de fraude y apropiación de discutibles beneficios por parte de privados, además de autoridades municipales en ejercicio. Si en más de dos décadas ha sido poco o nada lo que se ha hecho para el control, no existe un incentivo a trabajar seriamente cuando los responsables provienen de gestiones previas, aunque al menos en su tiempo no cayeron en la tentación de otorgar condecoraciones a los infractores.
Discursos y comportamientos similares pueden explicarse por los sesgos cognitivos de la economía del comportamiento, éstos se manifiestan cuando las personas toman una decisión o responden a una pregunta de forma rápida o intuitiva (el pensamiento lento y reflexivo minimiza su ocurrencia). La incorporación de una perspectiva psicológica a las decisiones económicas cuestiona la completa racionalidad de otros modelos, Kahneman (psicólogo) y Thaler (economista), premiados con el Nobel de Economía en 2002 y 2017, respectivamente, destacan en este campo.
Describamos algunos sesgos comunes: exceso de confianza en los juicios personales sin estar corroborados; sesgo de confirmación, descartar información que nos contradiga; sesgo de anclaje, valorar más la primera información recibida sin verificarla; y, finalmente, el sesgo de arrastre en el que nuestras creencias cambian de acuerdo a lo que crea la mayoría (moda).
Otra posible explicación proviene de la asimetría de información, las personas tienen distintos niveles de acceso y la diferencia conduce a interacciones sesgadas en evidente perjuicio de la parte menos informada. Dos autores son los pioneros en este campo, Akerlof y Spence, el primero conocido por los “limones” (autos usados y defectuosos que son adquiridos debido a que los compradores no conocen su estado real); Spence concentró su análisis en las señales que son generadas justamente para mitigar esta asimetría, volviendo al tema de los autos, con las garantías que ofrecen los fabricantes como una forma de señalar su confianza en la calidad de sus productos.
A pesar de las justificaciones, el contagio de una mala idea puede provocar que personas desinformadas ejecuten acciones perjudiciales para sí mismas y para la sociedad; resulta llamativo que una falsedad unifique las posiciones más variopintas, observe la proliferación de especialistas de marras alentados por los medios, con tiempo y algo más de información evidenciará que entre éstos predomina el criterio somero y particularmente la tergiversación. Revisemos algunas muestras recientes de este particular ingenio, el Censo como solución a todo (noviembre 2022), la supuesta creación de nuevos impuestos (enero 2023) y la burda comparación de las reservas de oro con las joyas de la abuela ( febrero 2023).
En estos días, ciertamente que es una muy mala idea promover o motivar (contagiar) la especulación por dólares, esto potencialmente puede degenerar en una manifiesta inestabilidad del sistema financiero y un proceso inflacionario que al final solo afectará a los segmentos de menores ingresos, que son los que suelen cargar con las consecuencias de algunas irresponsables ocurrencias.
Franco Guzmán Bayley es economista.







