Basta pasar solo un tiempo más del necesario en redes sociodigitales para que, en medio de toda la zozobra e incertidumbre económica global, algún creador de contenido empiece a convencerte de que estudios(os) varios de los efectos de la inteligencia artificial afirman que tu trabajo desaparecerá en dos, cinco, 10 años. Así, resulta bastante breve el tránsito que puede trasladar tu ánimo de una preocupación global ante escenarios plenos de incertidumbre por el futuro largo a la angustia por saber cuán pronto se especula que serás reemplazado por una máquina, siendo el siguiente paso la angustia por saber cómo conseguirás dólares en caso de necesitarlos. Esto, por supuesto, suponiendo que has accedido — como mínimo— a las comidas diarias necesarias porque tienes un trabajo que te preocupa mantener. Ya que —se sabe— las angustias son diversas, así como las desigualdades, así como las indignaciones.
Ha sido dicho, el indignacionismo es uno de los signos de esta época y, junto con la incertidumbre y la impotencia, se constituye en uno de los móviles más potentes que remueve, cuando no “reacomoda” la práctica política en sí misma, al día de hoy. Se sabe que la política, como instrumento de cambio, tiene múltiples formas de ser comprendida. Y aunque en diversos círculos se mantiene un importante interés por conocer los cambios en su comprensión y praxis para reinterpretarla en su capacidad como herramienta de cambio, lo cierto es que el futuro del ejercicio político no solo está quedando en reserva para unos cuantos interesados en ello, sino que además esos cuantos llegan a realizar este ejercicio a contracorriente, enfrentando el escarnio público, el linchamiento digital y la violencia tribal, por lo impopular que puede resultar creer (aún) en la práctica política. Y, vaya, que razones para ello no faltan, ya que la deslegitimidad pareciera avanzar de la mano de la descomposición, y también viceversa.
La realidad de la práctica política hoy, la ha llevado a desarrollarse alejada de las ideologías, lo que hace que su margen transformador sea limitado y que resulté más tentador (más facilón y, sin duda alguna, más seguro) optar por la antipolítica que va incluso más allá de la corrección política, carretera que —se sabe— tiene un alto potencial de conducción hacia los fascismos emergentes y en consolidación. Pues, huelga decirlo, con todos los problemas que enfrenta en las sociedades en las que vivimos hoy, la práctica política, la política en sí misma, no solo puede, sino que debe recuperar su carácter transformador.
Un momento en el que existen movimientos políticos, globales y locales, que están trabajando continua y abiertamente para despojar derechos colectivos adquiridos o frenar la consecución de otros, es un momento en el que la práctica política está siendo condenada a ser una herramienta de administración del indignacionismo y de la inconformidad, y un escenario que también puede terminar poniendo en la cuerda floja a la democracia como escenario de resolución de divergencias. En este momento político tan apocado, confundido e inmediatista, toca preguntarse hacia dónde se orientará la búsqueda de —ojalá— una mayoría en nuestro país en los siguientes meses/años: ¿un liderazgo ideológico, una opción electoral, un proyecto de país, una extravagancia aséptica o todo lo contrario?
Verónica Rocha Fuentes es comunicadora.







