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La vida no vale nada

Solo 10.000 cooperativistas están afiliados a la Caja de Salud, cuando son más de 150.000 trabajadores

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José Pimentel Castillo

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Por José Pimentel Castillo
/ mayo 16, 2023
en Voces

Potosí: Minero fallece por una caída y suman 22 muertes este 2023. Huanuni: Accidente de trabajo en interior mina cegó la vida de trabajador por inhalación de gas tóxico. Potosí: Minero muere en el Cerro Rico atrapado por gran planchón. Guanay: El mercurio envenena a cooperativistas y pueblos indígenas. Así las noticias desgranan la tragedia del minero en pleno siglo XXI. “La vida no vale nada/si cuatro caen por minuto/y al final por el abuso/se decide la jornada” (Pablo Milanés). Mientras tanto tomo una taza de café, no puedo hacer nada, sino indignarme.

La actividad minera es en sí una labor insana. Las profundidades de la tierra no son su hábitat, se le niega al hombre la garantía de la subsistencia, el oxígeno. Se tuvo que recurrir a la coacción para imponer la mita y obligar a las comunidades indígenas a enviar comunarios a trabajar en las minas por el derecho a subsistir en su propia tierra; Wañuchuy mita fue el grito de sublevación contra el coloniaje, finalmente la mita se levantó a principios del siglo XIX. Ir a la mina era una maldición.

Lea también: Puñalada a la industrialización

La introducción del sistema industrial en la minería era imposible sin una fuerza laboral permanente y cada vez más calificada; así el patrón tuvo que combinar sus intereses con los de los obreros; se les tentaron para ir a la mina a cambio de la dotación de alimentos y productos que nunca alcanzarían en sus pueblos: la carne, el pan, las velas, la coca, el cigarro, el alcohol, etc. La concentración de obreros dio paso a un nuevo sujeto histórico: el proletariado; con su lucha fue conquistando mejores condiciones de vida y trabajo, entre ellas la seguridad industrial. Se hicieron los manuales donde el patrón dispone un sistema de seguridad laboral: la ventilación del paraje, la perforación húmeda —para evitar la polución—, la dotación de ropa de seguridad, los primeros auxilios en el interior mina, etc. Era la manera de evitar la explosión de revueltas frente al accidente de un compañero de trabajo. Los obreros tenían que asumir las nuevas reglas que les obligaban a un horario que programaba la detonación de los explosivos y establecían un espacio de tiempo para la ventilación, a vestir la ropa de seguridad muchas veces incómoda, a las normas de la labor específica. Todo por lograr un trabajo seguro.

La lucha histórica del proletariado dio paso a disposiciones legales que garantizaban el trabajo, la salud y la jubilación del trabajador: el Código de Seguridad Social y el decreto-ley de seguridad industrial. El declive del nacionalismo-revolucionario y la emergencia del neoliberalismo dieron fin a todas estas conquistas con la imposición de la libre contratación: Lo tomas o lo dejas. Las grandes empresas redujeron su fuerza de trabajo en un 70% e impusieron sus condiciones: trabajar y no meterse en política. Los mineros relocalizados fueron obligados a organizar cooperativas para imponer un modo de producción individualista que llevaba a la disputa por los mejores parajes y bajaba sus costos elevando el sacrificio del trabajador. La dignidad y la seguridad eran lo de menos.

El neoliberalismo por una parte marginaba a las mayorías y atraía a la vorágine de la explotación a quienes morían de hambre, miles de comunarios se incorporaron a la actividad minera, ansiosos de sobrevivir e incorporarse a la vida citadina. Sin cultura del trabajo minero, son los más propensos a sufrir accidentes; sin conocer sus derechos, no gozan del seguro de salud y ni aportan al fondo de pensiones. Solo 10.000 cooperativistas están afiliados a la Caja de Salud, cuando son más de 150.000 trabajadores, solo 130 cooperativas aportan a las AFP de las más de 1.500 existentes. La lógica es vivir el momento.

Los años de lucha contra la explotación del capital fueron acumulando una serie de principios y conductas de la clase trabajadora que ponía énfasis en la defensa de la vida como objetivo de organizaciones como el sindicato y las cooperativas: el apoyo mutuo, la solidaridad, el bien común, el bienestar, principios que alentaron la búsqueda de una sociedad más justa. La destrucción de los sindicatos clasistas dio paso a que el único interés sea el ingreso económico personal, que empuja a un nuevo eslabón del capital: el consumismo, que no mejora en nada el bienestar, así sea personal.

Contra esta degradación de la sociedad surgieron sublevaciones que acuñaron objetivos como el socialismo comunitario y el “vivir bien”, cuya grandiosidad se pierde en el diario vivir. La lucha ideológica no está tanto en lo que se proclama, sino en la forma de encarar lo cotidiano.

La humanidad misma está acosada por la crisis climática, económica y el descrédito de la democracia, es una crisis civilizatoria; estamos ante un dilema, acá y en el mundo: humanidad o barbarie.

(*) José Pimentel Castillo fue dirigente sindical minero

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