Decía el italiano Arrigo Sacchi que “el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes”. En La Paz hace rato que la tortilla se dio la vuelta. La noche del pasado viernes jugaba el Club Bolívar en el Siles contra Palmaflor. No estábamos más de tres mil personas. La gente terminó gritando «chileno, chileno».
Las calles de la ciudad estaban repletas de jóvenes bailando, preparando la Promesa y la Entrada de Jesús del Gran poder. Hace rato que los changos/changas prefieren saltar en una comparsa de tobas que saltar para rematar un saque de esquina. Hace rato que los dioses del fútbol han perdido el partido ante los diablos del folklore.
El Siles ya solo se llena cuando hay clásico, cuando un equipo está a punto de dar la vuelta olímpica o cuando viene la Argentina de Messi o la Brasil de Vinicius. ¿Cuántos se hicieron hinchas del Tigre en la buena época de tricampeonato y luego abandonaron? Los tiempos en los cuales un clásico nacional (Bolívar vs Wilstermann o The Strongest vs Oriente Petrolero) abarrotaba el «gigante miraflorino» duermen tranquilos en los periódicos de las hemerotecas. Ahora ni siquiera un duelo de Copa Libertadores contra grandes de Argentina o Brasil meten más de 20.000 personas en una cancha de 41. 000.
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A la misma hora que Bolívar vs Palmaflor, en el Teatro al Aire Libre tocaba Kala Marka con un lleno casi absoluto (9.000 espectadores es el aforo). Por cierto, a los que alegan que la gente no va al fútbol porque las entradas son caras, los muchachos de Kala Marka vendieron la más barata a 70 bolivianos y las más caras (sold out) a 150, 250 y 350 pesos.
Me contaba la otra tarde el escritor Gabriel Mamani Magne —acérrimo hincha stronguista— que su hermano no va al fútbol ni le interesa en lo más mínimo: considera que ir a la cancha es un hábito de señores/señoras mayores. Dicen que los changos, acostumbrados al placer/estímulo inmediato, no conciben pasar el rato en un evento de noventa minutos que a veces termina cero a cero, sin más emoción que la lentitud extrema y el tedio absoluto. La ciudad de La Paz ha abandonado la costumbre de ir —truene o relampaguee— al estadio. La cultura futbolera es un dinosaurio y ya nos lo dijo Charly, los dinosaurios van a desaparecer. El hincha es un animal en estado de extinción.
Siempre me he preguntado cómo y por qué se fue diluyendo poco a poco la afición por el boxeo, por el baloncesto (el mítico Ingavi llenaba el Coliseo Cerrado “Julio Borelli Viterito”), por el fútbol sala, por el vóley, por las carreras de autos en el legendario autódromo de Pucarani, por las peleas de cachascán… La única explicación que se me ocurre (amén de apegos resultadistas, horarios contra natura impuestos por la pinche televisión, mediocres espectáculos y pésimas dirigencias) es que la pasión —ya nos lo dijo Matilde— se fue apagando, como un fueguito muerto de frío.
¿Se ha vuelto el fútbol un juego solo de/para ricos? ¿cuánto pesa en el desapego de la gente la actitud de los clubes de blindar hasta el ridículo a sus “estrellas”? ¿cuánto influye la conversión de los trabajadores de la pelota en millonarios repentinos, en fáciles trásfugas? ¿dónde quedó el amor por los colores? La mercantilización extrema impide la creación de ídolos/emblemas que arrastren al espectador a la cancha. El sentimiento de identificación se ve horadado gota a gota.
¿Por qué los padres/madres no llevan a las wawas a la cancha? ¿dónde quedó la famosa “Tribuna Infantil»? ¿cuánto pesa el nivel en picado de nuestro balompié? ¿se puede competir con un Real Madrid vs Manchester City visto cómodamente en tu casa? ¿por qué se ven más camisetas por la calle del PSG y el Barça que de nuestros equipos? ¿qué determinante son los casos de corrupción, los manejos sospechosos, la falta de divisiones inferiores y la no-aparición de changos que ilusionen?
Dice mi tocayo Ricardo Zelaya —otro stronguista de corazón— que la crisis de la hinchada es más bien un reflejo de una crisis más grande, “de esa que siempre discutimos pero jamás se resuelve ni depende de nosotros”. ¿Cuánto influye que no ganamos casi nunca, que nos acostumbramos a perder, que caer eliminados ya no duele? Hace un cuarto de siglo que nos clasificamos a una Copa Mundial. Y lo peor no es eso, lo peor es la indiferencia.
Dice mi buen amigo José Luis Bolívar (el más stronguista de todos, pese su apellido) que los gustos populares son cíclicos, que hay cosas que pasan de moda y luego vuelven casi mágicamente. Quiero ser tan optimista como él pero me sale la espuma del pesimismo. El fútbol es la cosa menos importante de las cosas menos importantes. Y si nos metemos en el próximo Mundial, ¿volverá el amor?
(*) Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.







