Nuestros últimos artículos buscan dar a conocer las ciudades destacadas de la historia, no solo por sus valores como bellos centros habitacionales, sino por sus singularidades cualitativas que las diferencian de otras. No todas son conocidas, pero construyeron la historia de las ciudades y hoy son referentes de la humanidad.
Un ejemplo es Tombuctú, que se ubica al extremo del sur del desierto del Sahara y fue conocida como la ciudad del oro, denominación que le dio prestigio en el imaginario de los franceses del siglo XVI como una urbe rica en ese metal. Algo que no era real, pero llevó asentamiento y presencia colonial francesa a esa región.
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Sin embargo, esa situación colaboró a que saliera a la luz su verdadera riqueza de ciudad erudita gracias a la infinidad de manuscritos que conservaba y que fueron enterrados por temor a su destrucción, para luego ser recuperados y entregados a la universidad. De ahí que Tambuctú fue considerada el centro de la sabiduría islámica, pues reunía textos sagrados musulmanes de gran valor académico pertenecientes a El Cairo, Bagdad y Persia.
Lo interesante es que evidentemente tuvo riqueza, pero de las minas de sal de Taoudeni, que en esa época era el recurso más importante de los mercaderes de Tambuctú, quienes la intercambiaban por el oro en polvo. Un canje inteligente para elevar la economía de esa ciudad. Empero, el prestigio de ciudad rica en oro limitó su verdadero valor de ser una ciudad pensada y escrita, y por ello llamada ciudad erudita.
Tombuctú fue la ciudad de mil años de erudición y conserva hasta hoy sus manuscritos en la biblioteca de Al-Wangari, aunque muchos desaparecieron. Aun así, se guardan unas 400 bibliotecas familiares privadas en Mali, que adquirió esos escritos para que no sean destruidos; y otros tantos fueron encontrados en Andalucía y al norte de África.
Otra característica singular es que Tombuctú también fue llamada la ciudad de arena debido a que construyó infraestructuras con arena y piedra. Un sistema que se fue transmitiendo durante generaciones y hoy es parte del patrimonio inmaterial de la humanidad. Pese a ello, en los últimos años, 16 mausoleos que contenían tumbas fueron destruidos y se saquearon algunos de sus museos para prohibir las prácticas culturales. Un asalto brutal que limitó su reconocimiento oficial como Patrimonio de la Humanidad en 1988.
Definitivamente, Tombuctú fue un centro de sabiduría islámica a lo largo de varios imperios africanos. Albergó una universidad de 25.000 estudiantes que sirvió para expandir el islam por África entre los siglos XIII y XVI. Los textos sagrados musulmanes fueron llevados a Tombuctú para que los usaran eminentes académicos. De esa manera, las grandes enseñanzas del islam, desde la astronomía, las matemáticas, la medicina hasta el derecho, se recopilaron y reprodujeron en cientos de miles de manuscritos. Quedan muchos de ellos, aunque en condiciones precarias, y forman un registro escrito inestimable de la historia africana.
Hoy, Tombuctú es una sombra de su antigua gloria, ya que es modesta y deteriorada para la mayoría de los viajeros. Sin embargo, aquel oasis del ayer aún se refleja en sus tres grandes mezquitas de barro y madera: Djingareiber, Sankore y Sidi Yahia, recuerdos de su edad de oro. Edificaciones “cuyos llenos y especialmente vacíos urbanos muestran la esencia de saber usar el espacio abierto”.
Lamentablemente, en 2012, Tombuctú ingresó a la lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro debido a las amenazas vinculadas al conflicto armado.
(*) Patricia Vargas es arquitecta







