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La bifurcación del MAS

Nos decía Édgar ‘Huracán’ Ramírez hace 11 años que el MAS corría el riesgo de autodestruirse

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Rubén Atahuichi

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Por Rubén Atahuichi
PARTE-CONTRAPARTE
/ julio 5, 2023
en Voces

En la euforia electoral de 2005, los movimientos indígena originario campesinos habían acuñado un par de premisas que, quizás, eran la razón de sus aspiraciones. Jichhapi jichaxa (ahora es cuando, en aymara) o “nunca más sin nosotros” eran las arengas de las movilizaciones o la inscripción que los distinguía en la campaña de las elecciones de entonces.

A ellos se sumaron obreros y clase media, que encontraron la oportunidad más latente, luego de un primer intento en 2002, y, antes, su visibilización política con la Marcha por el Territorio y la Dignidad de 1990.

Lea también: El delirio del gringo

Era el final de un proceso político hegemónico, que en el último tramo se había caracterizado por la democracia pactada, y el surgimiento de un proceso que terminaba de abarcar a sectores sociales pocas veces tomados en cuenta en la redistribución de la riqueza, en el goce de sus derechos y en la gestión administrativa del país, que se decantó poco después con el Estado Plurinacional.

Si bien los procesos políticos tienen su ciclo, la idea siempre era/es trascender la historia por muchas décadas, como las que agotó el viejo Estado republicano. Dicho proceso —de cambio, llamaron— era encarnado por un movimiento político emergente.

Las elecciones generales de 2005, derivadas de un proceso de inestabilidad política que en tres años previos tuvo tres presidentes (Gonzalo Sánchez de Lozada, Carlos Mesa y Eduardo Rodríguez), decantaron la situación y encumbraron en el poder al dirigente cocalero y sindical Evo Morales con el 53,7% de los votos, un caudal histórico que anuló la elección tradicional bajo acuerdos políticos.

Ya instalado en el Palacio de Gobierno, Morales solía repetir que habían llegado al vetusto edificio no como inquilinos o de paso, sino para quedarse 500 años. ¡500 años!

La premisa incomodó a la oposición y a algunos medios de información, que creyeron que se trataba de una estancia en el poder por la fuerza de la hegemonía política mas no por la preferencia electoral.

Sin embargo, esos 500 años anhelados parecen hacer aguas en medio del proceso de consolidación del Estado Plurinacional —acechado por nostalgias de república durante la ruptura constitucional de 2019-2020— afectado por las disputas internas en la fuerza política que lo reivindica, lo promueve y lo defiende: el Movimiento Al Socialismo (MAS).

Habíamos dicho que mientras Morales estaba en el poder, la unidad de dicha organización política era incólume, porque el mismo líder político implicaba un factor de unidad; alejado del poder, el mismo Morales es un factor de división y hasta de destrucción.

Pudo trascender Morales como un factor de unidad y de acompañamiento de un gobierno, de Luis Arce y David Choquehuanca, que él mismo propuso en el ampliado de Buenos Aires, Argentina, de enero de 2020. Pudo arroparlo, alejado de su obsesión por la vuelta al poder, con miras a trascender 2025. No ocurre eso; al contrario, se ha convertido en el principal detractor y opositor, en reemplazo de las oposiciones tradicionales, que miran de palco cómo el MAS se desangra en sus miserias y aniquila el “proceso de cambio”.

 Nos decía Édgar ‘Huracán’ Ramírez hace 11 años que el MAS corría el riesgo de autodestruirse. “Si alguien me pregunta por qué Édgar Ramírez peleó desde hace cuatro décadas o más, yo voy  a decir ‘por un proceso parecido a éste’, por un proceso diferente al de Gonzalo Sánchez de Lozada, de Hugo Banzer o de René Barrientos. Si este proceso va en retroceso o  se frustra, será culpa nuestra, y culpa mía”.

Premonitorio el hombre que se mantuvo aislado en los archivos de la vieja Comibol.

¿Quién causó esta situación? ¿Morales, por su interés en otra candidatura? ¿Arce, por su interés en la repostulación? ¿Causas naturales? ¿La derecha? ¿El imperio? Pues, el líder partidario, que, en circunstancias normales, sería capaz de reencauzar las crisis.

La censura del ministro Eduardo del Castillo fue el punto de inflexión. Lo que aparentaba una crisis normal degeneró en la bifurcación del MAS, que puede resultar en un MAS “histórico” o un MAS “nueva mayoría”.

Mucha “sangre” corrió en los últimos meses, quizás sea irreversible su situación. En tanto, los detractores reales baten palmas, aunque en sus propias miserias no saben cómo reaccionar ante el evento; solo les queda opinar con mucho entusiasmo el problema ajeno, como si les compitiera. Es la política.

(*) Rubén Atahuichi es periodista

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