Durante la Edad Media algunas ciudades de Europa contaban con edificaciones que fueron catalogadas como catedralicias, ya que la Catedral era la construcción más importante de esa época. Ciudades medievales (1140) con una configuración urbana laberíntica, de calles retorcidas y angostas, convertidas en callejones sin salida. Al medio, una diversidad de edificaciones pequeñas y grandes, donde la violencia entre las personas era algo normal —el 54% de los casos se ventilaban en tribunales penales como los de París a causa de crímenes pasionales—.
Una época en la que los espacios de recreo prácticamente no existían en esas ciudades a causa, precisamente, de la violencia desmedida en las calles de París.
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Solo el atrio de la Catedral era el lugar donde se concentraba la población pues era un sitio pensado para escuchar. Y fue justamente ahí que nació el incipiente espacio para todos, el cual comenzó a crecer con distintos significados.
La Catedral fue, por tanto, la mayor y más importante obra rectora de la vida urbana de ese entonces, pues expresaba la fuerza de la fe, que era necesaria en esos momentos para generar una vida tranquila a la ciudadanía. Catedrales cuya edificación atraía a los habitantes por sus cualidades formales y estéticas, además de sus interiores nutridos por el arte bello. Una edificación que lograba apaciguar a la población violenta a través del mejor medio concebido y creado para ello: lo supremo, que también fue inspirador para el arte bello.
Kant afirmaba que lo sublime se establece en relación con la naturaleza la cual, por no ser abarcable en su grandeza, conduce a lo sublime.
No obstante, el percibir e imaginar la fuerza del sentido que conllevaban esas grandes obras de arquitectura y de arte son una muestra de cómo esas impresionantes catedrales inspiraban y transmitían su acercamiento a lo sublime. Todo ello exaltado en sus inmensos espacios que concentraban bellas obras de pintura, escultura y los vitrales, que colaboraban en relatar la historia de la fe.
De esa manera, las catedrales del siglo XVI representaron monumentales obras que permitieron a la población de ese entonces ser atraída por la fuerza de sus cualidades creativas e imaginativas. Obras que incluso en tiempos actuales son capaces de extraer emociones y llevar a preguntarnos: ¿cómo el talento humano pudo crear esas bellas obras?
Esas catedrales, como se señaló, además de estar realzadas por la belleza de sus formas, espacios y dimensiones monumentales, contaban con obras de arte menores, cuya belleza y sentido transmitían sensaciones emotivas que llevaban a los creyentes a contactarse imaginariamente con lo sublime.
Entendida de este modo la historia, se podría aseverar que esas edificaciones han legado a la arquitectura obras singulares en las que el arte bello y expresivo de las pinturas y esculturas —como La Piedad, en Florencia— relatan la historia de la fe. Admirables piezas maestras que elevan la carga del sentido espiritual que contienen.
De ahí que los estudios sobre la belleza y el arte fundan lo reflexivo como una disciplina filosófica y científica de lo bello.
Con esos antecedentes, las catedrales son los lugares más importantes de las muestras de obras de arte sacro, que conllevan una fuerte carga de sentido, las cuales han legado a la humanidad bellas piezas de arquitectura religiosa.
La Paz se empeña hoy en que desaparezcan obras que relatan su pasado, dejándolas en el abandono y deterioro. Sin embargo, es necesario recordar que todas las épocas, han construido la historia de las naciones.
(*) Patricia Vargas es arquitecta







