La Paz es mi ciudad, no sé qué sortilegios se unieron y me hicieron nacer aquí, me gusta, la quiero. Siento que está envejecida, sus achaques me preocupan. Cada temporada de lluvia algo se desmorona, cerros donde se habían construido algunos pequeños barrios, clandestinos la mayoría, ahora son promontorios grises, algunos todavía con carpas donde se alojan los vecinos que quedaron sin techo. En las tardes cuando el sol ilumina rincones ocultos aparece el polvo, pero sobre todo el gris, uno cree que los antiguos colores son producto de la nostalgia. ¿Qué pasó con la ciudad pujante? Errores arquitectónicos han destrozado lugares tradicionales, con historias para contar, es la suerte de la Pérez Velasco. La basílica de San Francisco tiene una fachada impresentable, corroída por los desechos de palomas y otros olvidos que van borrando las imágenes y los ornamentos del barroco mestizo.
Varios inmuebles patrimoniales se han convertido en galerías de trapos, contenedores de basura. Allí no se distingue claramente qué es nuevo y qué viene de un fardo de ropa usada.
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Las ventanas y balcones que dan a la calle están cubiertos de bultos y cajones, hace mucho que dejaron de ser salones y se convirtieron en oscuros depósitos. Cualquier pequeño rincón ha quedado trastocado en un improvisado gabinete de manicura. Los pasillos están atestados de cocinas a gas y siniestros olores por el exceso de cebolla mal cocida y frituras de donde chorrea una grasa ennegrecida de tanto usar.
Cualquier calle o avenida tiene en sus calzadas bolsas plásticas de todos los colores, en sus restos se descubren la salteña, la tucumana, el jugo de quinua, los rellenos en todas sus variedades, o la chala de la huminta, todos comen, todos se desprenden de bolsas y papeles sin importar la huella que dejan. Las calles son ríos de comerciantes, no importa qué se vende, si es bueno, si es de calidad, si es necesario. Tampoco importa si se pone una mesa, una silla, un banquito, porque la calle basta para sentarse, colocar la mercadería y vender, vender, aunque sea poco o nada.
Mi ciudad va a estar de cumpleaños, pero su festejo ya no tiene brillo, ni prestancia, está muy abandonada. Hay varias antorchas que recuerdan sus glorias, las que parecía nunca se iban a apagar, a estas alturas del siglo XXI se nota que son solo una ilusión porque la llama es de papel y un ventilador da la apariencia de que está viva. Nada es verdad, es solo apariencia, abajo en la tierra hay demasiado asfalto destruido, demasiado polvo cubriéndolo todo y demasiada gente viviendo en la intemperie.
(*) Lucía Sauma es periodista







