Parece que fuera al revés, pero comunicar algo hoy es más difícil que nunca. En estos tiempos en que la comunicación está determinada por características que la complejizan y desafían hasta el límite, se ha vuelto moneda común que se tienda a sobredimensionar sus posibilidades y atribuirle súper poderes en la generación o cambio de percepciones, actitudes y acciones. Nos encontramos frente a una comunicación cuyo principal desafío es el suelo mismo que pisa, constituido por unos escenarios simbólicos saturados e inundados de mensajes, símbolos y discursos; los mismos que simultáneamente desbordan desinformación, mensajes de odio y caos.
Muchos de los desafíos comunicacionales que emergen en esta época buscan ser encarados a través de la forma de construir los relatos, concretamente las narrativas. Otros tantos se encaran mediante la técnica, hoy casi traducida automáticamente como tecnología. Las menos buscan encontrar la clave del éxito en la exploración desde los lenguajes, primordialmente textuales y audiovisuales hoy.
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Y es más bien en otras afortunadas ocasiones donde los retos en torno a cómo comunicar efectivamente se resuelven simple y directamente desde la piel: en los lugares más primigenios de esta necesidad tan humana. Estoy pensando concretamente en el enorme recordatorio de esto que es la obra de teatro Los Pueblos del Agua, sea como apunte respecto al poder que tienen las artes escénicas para desarrollar la complejidad en clave de sencillez, sea como nota de que el teatro es, por excelencia, una de las artes más políticas.
Los Pueblos del Agua es una obra puesta en escena por el colectivo orureño Urus Delirium y que a pesar de llevar años gestándose pudo nacer gracias a la Convocatoria de Fomento a la Productividad Cultural y Creación Artística llevada adelante por la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia.
En ella se encuentran mensajes que parecen detenidos en el tiempo pero que, a la vez, perfectamente nos retratan en la actualidad. Se trata pues de una historia que comunica desde un acto tan vivo, los problemas sociales, medioambientales, políticos, comunales y vitales que nos son estructurales como país y como personas; a pesar de que la trama tiene lugar alrededor del lago Poopó. Se trata de mensajes que nos son tan cotidianos como una niñez boliviana que no se resigna a tener como destino la mina, recursos naturales que se agotan y lagos que se secan, sociedades que cargan diariamente con sus contradicciones y toda la implicancia que estos fenómenos sociales cargan en los cuerpos individuales que somos viviendo en estas tierras: dolor, violencia, olvido, migración… y, a la vez, todo lo que el espíritu se inventa para resistir al paso de estas tragedias: sueños, esperanzas, retornos, memorias…
Mientras la acelerada digitalidad de buena parte de nuestra sociedad avanza sin tregua ni descanso, constituyéndose en la principal carretera por donde atraviesan todas aquellas voces que buscan comunicar diariamente, qué gratificante llega a ser posicionarse, de tanto en tanto, al lado del vertiginoso camino para recordar que ésta aún convive con las apuestas de piel y arte que —se sabe— desde siempre comunican mejor que la más sofisticada estrategia o la más moderna tecnología.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka







