La exageración suele ser uno de los más obvios y peores defectos de la comunicación política. Y últimamente, la cosa se está poniendo francamente grosera: estamos inmersos en una discusión sobre la economía que navega entre una narrativa que nos promete el apocalipsis a la vuelta de la esquina y otra que nos habla del inicio de una nueva era de prosperidad y crecimiento casi sin sacrificio. Cielo o infierno, sin medias tintas.
Ese debate casi neurótico esconde, sin embargo, cuestiones esenciales para pensar el futuro del país y es una muestra patente de nuestra dificultad para encontrar maneras de discutir colectivamente sobre las soluciones realistas a los problemas del país. Lo curioso es que despojadas de sus hipérboles, ambas narrativas nos hablan de fenómenos cruciales para nuestro futuro que debemos manejar y que tienen importantes interdependencias entre sí.
Por una parte, es indudable que hay un desajuste externo que está tensionando la disponibilidad de divisas en el país y por la otra, que estamos inmersos en un proceso de transición energética global que ha transformado al litio en un mineral estratégico para los próximos decenios.
Keynes ya nos decía de lo azaroso que es basar nuestros juicios y acciones sobre la coyuntura apelando a un horizonte de futuro alejado cuando nos advertía que en “el largo plazo, todos estaremos muertos”. Así pues, el crecimiento paulatino de las exportaciones de productos basados en el litio, que podría acercarse a los $us 3.000 millones allá por 2027-2028 si todo va bien, no resuelve o afecta muy poco la escasez actual de divisas, la aparición de un mercado negro del dólar o el riesgo que ese desequilibrio se transmita a los precios o incluso a la disponibilidad de algunos bienes. Caricaturalmente, podríamos decir que la “era del litio” no mata a la “gran devaluación”.
En consecuencia, es crucial construir “un puente” capaz de resistir al menos dos o tres años, que nos permita transitar sin vértigo del momento actual de tensión cambiaria a un escenario estructuralmente menos hostil. No basta con esperar la bonanza, implica tomar el toro por las astas, disciplina fiscal y mucha habilidad en la gestión cotidiana de las fuentes disponibles de financiamiento externo.
En ese contexto, la explotación industrial del litio a partir de 2025, un negocio en el cual se pueden proyectar ganancias interesantes en el mediano plazo con un nivel de incertidumbre moderada, podría evidentemente ser un factor adicional para tranquilizar a los mercados, reducir el riesgo país y quizás habilitar algunos instrumentos financieros novedosos que aporten liquidez adicional a la economía en el corto plazo. Pero, eso exige, para empezar, claridad estratégica y metas más o menos precisas sobre los tiempos y modalidades de implementación de los proyectos.
De igual manera, debe quedar claro, desde ahora, que esa actividad no tendrá impactos similares a los que vivimos con el boom gasífero. En el mejor escenario, la exportación de ese recurso podría alcanzar $us 5.000 millones a fines de este decenio, por debajo de los $us 6.000 millones que nos aportaba el gas en su pico de producción en 2013 y 2014. Y sobre todo considerando que los esquemas tributarios y estructuras de costos de esta actividad podrían hacer difícil que se consiga el mismo nivel de renta que se solía obtener con el gas.
En consecuencia, lo saludable sería entender al litio como parte de un proyecto de diversificación mucho más amplio de la oferta exportadora del país y como una fuente adicional pero limitada de recursos fiscales.
No está demás decir que el impacto de esta industria podría tener también efectos no menores en la dinámica de desarrollo territorial, generando oportunidades y potencialmente nuevas actividades en todas las regiones del sudoeste nacional.
Siendo ese, posiblemente, el desafío sociopolítico más interesante más allá de las querellas por las regalías o los problemas para hacer funcionar las industrias rápidamente: ¿cómo aprovechar la explotación del litio para impulsar otras iniciativas productivas, de servicios, de educación o de formación en el inmenso territorio altiplánico que podría volver a ser uno de los ejes centrales de la economía de Bolivia?
Amando Ortuño es investigador social.







