La semana pasada, de manera totalmente ignorada por los medios de comunicación, se llevó adelante la Primera Cumbre Ministerial para una tributación global incluyente, sostenible y equitativa. Parece que el tema fiscal incomoda en todos los niveles y, por ello, ministros y altos funcionarios de Hacienda, Economía y Finanzas se reunieron de manera silenciosa (para los medios) y completamente ignorada por la cotidianidad de la gente. En medio de una de las peores crisis fiscales en la región, había la ilusión de que esta Cumbre implicara una postura regional coordinada sobre las evasiones fiscales y acuerdos claros para avanzar en una tributación equitativa e incluyente. Nada de esto ocurrió.
La Cumbre, impulsada inicialmente por Colombia, y a la que se sumaron Brasil y Chile en el liderazgo, tuvo como pírrico resultado la creación de una Plataforma Regional de Cooperación Tributaria en América latina y el Caribe, una especie de comisión asesora de los gobiernos encaminada a buscar consensos sobre algunos temas. Sin embargo, se fracasó en alcanzar una posición unificada en América Latina sobre la escasa o nula tributación de las grandes multinacionales en los países donde llevan adelante gran parte de sus operaciones y obtienen sus ganancias.
Tal vez lo más sobresaliente de la declaración es el sentido de urgencia del tema al solicitar a la Presidencia Pro Tempore (liderada por Colombia) y la Secretaría Técnica preparar un Plan de Trabajo Anual donde se prioricen los ejes temáticos más apremiantes de la agenda de tributación en un plazo de seis meses. En lo práctico, la idea parece ser que la plataforma funcione como un espacio de coordinación supranacional para la integración de los ministros de Finanzas, Economía y Hacienda, donde se formule propuestas no vinculantes en materia de política fiscal. Nada novedoso frente a la ya existente Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional (ICRICT) fundada en 2015 por una amplia coalición de la sociedad civil y liderada por el premio nobel Joseph E. Stiglitz.
En el continente más desigual del mundo, el eje de la reunión debió haber sido discutir los sistemas tributarios regresivos, privilegios injustificados a las grandes corporaciones, la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales y falta de coordinación en las políticas fiscales, pero nada de eso fue abordado. Parte del fracaso fue atribuido a la salida de su principal impulsor, el entonces ministro de Hacienda de Colombia José Antonio Ocampo. Otros lo atribuyen a la evidente imposibilidad de consenso, pues países como México, Argentina, Brasil y Colombia pertenecen a la OCDE, entidad que impulsa una reforma regresiva que preserva los beneficios de las multinacionales.
Fue justamente Stiglitz quien puso el dedo en la llaga al señalar ante la Cumbre que no debían acogerse los criterios de la OCDE y que los TLC debían ser reformados; pero fue replicado por Chile y México que le recordaron que cualquier acuerdo que se adopte debería estar dentro del marco de la OCDE.
La política tributaria y fiscal es solo una parte de la política económica y resulta difícil en las condiciones actuales de poco margen de acción del Estado establecer una forma equitativa para crear y distribuir la riqueza. Hoy por hoy en la economía global pesa mucho más la liberalización comercial, la política de inversión y los tratados de libre comercio impuestos por los países y las corporaciones más poderosas.
No se logró en suma el objetivo para el que estaba la Cumbre diseñada, que en su momento de mayor optimismo soñó presentar a la ONU una posición conjunta sobre la necesidad de establecer un impuesto mínimo global y sobre los impuestos que deben pagar las grandes multinacionales, especialmente de la economía digital.
Lourdes Montero es cientista social.







