Etimológicamente la palabra ver se relaciona con el término en latín videre, que se vincula también con la sabiduría, derivación que se observa en la manera en la que videre es la raíz de palabras como wise (sabio) o wisdom (sabiduría), ambas en inglés.
Hace muchos años un grupo de investigadores reunieron a muchos espectadores en una sala y les mostraron una película en la que se veía un partido de baloncesto. Uno de los equipos llevaba camisetas negras y el otro, camisetas blancas. Pidieron a los espectadores que contaran cuantas veces botaban el balón los del equipo de camisetas blancas. La mayoría respondió el número correcto. Luego los investigadores preguntaron si vieron algo más durante el recuento, la mayoría lo negó. Entonces les pidieron ver la cinta una vez más, esta vez sin que se concentren en el balón, de pronto los espectadores dieron un grito: ¡había un gorila paseándose en el campo de juego! No era un gorila auténtico sino una mujer vestida de gorila, pero lo sorprendente es que nadie había visto al gorila.
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Este experimento demostró que cuanto más nos concentramos en un asunto determinado dejamos de prestar atención a otras cosas. Simplemente se nos escapan del razonamiento, no las vemos venir, aunque estén allí delante nuestro, en nuestras narices. Nuestro cerebro las almacena de todas formas aunque para nosotros queden invisibles. Digamos que nuestro cerebro dispone de dos cajones, uno en el que se guardan las cosas de las que somos conscientes y otro que guarda las cosas de las que no lo somos. De esta manera se puede decir que hay cosas que no sabemos que sabemos, pero están allí.
Sin embargo, hay personas que tienen un solo cajón en su cerebro, estos son los llamados locos lúcidos o savants. Stephen Wiltshire es uno de ellos, una vez voló en un helicóptero sobre Londres, luego dibujó la imagen de la ciudad tal como se la ve desde el aire, y todo se correspondía exactamente, Wiltshire no discriminaba ninguna imagen, todas ellas se grababan en su cerebro.
Borges dedicó un cuento a estos locos lúcidos, se trata de su relato Funes el memorioso, un hombre que lo recordaba todo con una memoria prodigiosa y detallada, sabía desde las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas con las vetas de un libro que había visto una sola vez en su vida.
Funes vivía en los detalles, en tanto los espectadores del partido de baloncesto simplemente no veían los detalles, aunque estos fueran tan grandes como un gorila. Hoy en día, ¿estamos seguros que vemos todos los detalles de nuestros problemas o solo nos concentramos en algunos y dejamos pasar otros, que luego saltarán delante de nuestras narices llamándonos la atención por no haberlos visto? Y es que muchas veces, no es tan sencillo ver.
(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA







