El olvido es la pérdida del recuerdo, y en sí, la etimología de la palabra recordar nos permite comprender la dimensión del olvido. Recordar proviene del latín re (de nuevo) y cordis (corazón) y significa volver a pasar por el corazón. Olvidar sería dejar la memoria sin corazón.
En un sentido similar, el filósofo André Comte-Sponville sostiene que lo contrario al olvido no es la memoria sino el recuerdo, uno puede conservar la memoria en los libros de texto, pero puede haber perdido el recuerdo, el sentimiento. Hannah Arendt explica algo similar cuando señala que «para olvidar sin dificultades, preferimos evitar cualquier alusión a los campos de concentración y de internamiento por los que hemos pasado en casi toda Europa». Sin embargo, pese al comentario de Arendt, los alemanes optaron por dejar en pie muchos de estos lugares del horror, tal es el caso del museo estatal Auschwitz-Birkenau o la iglesia del Kaiser Wilhelm que fue bombardeada y está abierta en el centro de Berlín para que las personas que la visiten puedan «recordar que la guerra solo destruye», como se señala en una de las paredes de este derruido edificio.
Lea también: Ley y legitimidad
Los diccionarios de etimologías nos recuerdan que para los antiguos griegos y romanos los recuerdos estaban en el corazón y no en el cerebro, se creía que algún acontecimiento muy importante se refugiaba en el pecho, en el corazón, y permitía que la persona esté atenta, así recordar también se refería a despertar, a dejar la somnolencia. En algunas poblaciones rurales de España aún se escucha decir a las personas mayores, cuando se recuestan a la siesta, que se los recuerden en media hora, es decir, que se los despierte en media hora.
La palabra acordar tiene una etimología similar, proviene del latín accordare de a (próximo) y cordis (corazón) y significa unir los corazones, lo cual nos lleva a considerar lo complejo del desacuerdo o la discordia. Y es que el olvido tiene mucho de desacuerdo y discordia respecto a la memoria. El filósofo Paul Ricoer, frente a los estragos políticos que puede causar el olvido en las actuales generaciones, ha convocado a una política de la justa memoria y en consecuencia ha tematizado que tanto el olvido como el recuerdo no son temas del pasado, sino necesidades políticas del presente. En consecuencia, existiría una especie de ética del recuerdo, la misma que implica la revalorización insustituible de la experiencia pasada, es decir, recuperar la memoria de los testigos en la dimensión del dolor sufrido y que solo puede ser narrado por los que lo han experimentado de primera mano. Esta es la función política del recuerdo, como suele ser también la función política del olvido en instituciones como la amnistía, reservadas generalmente, incluso por las actuales constituciones, a los gobernantes.
(*) Farit rojas es docente investigador de la UMSA







